El tiempo camina deprisa, tanto que cuando nos queremos dar cuenta la nostalgia se apodera de los recuerdos para idealizarlos (ya lo hemos dicho, la memoria es una amante mentirosa).
Y solo con retroceder tres décadas nos podemos apercibir de lo que han cambiado las cofradías, al menos, en su dimensión sociocultural. Hace treinta años, cuando la ratio en una clase de instituto era de más de cuarenta alumnos por aula y lo que ahora denominan líneas eran tres o cuatro por curso, en cada clase -en el mejor de los casos- el número de cofrades practicantes era de dos o tres.
Nos referimos, en este particular, a la misma Córdoba cofrade en la que, entonces, para inhalar algo de incienso había que hacer la ruta de las fernandinas (antes de que la Iglesia viera negocio o complemento del pack turístico Mezquita-Catedral) en Cuaresma y buscando que alguna estuviera abierta y de cultos.
Con el Vaticano II casi se pierde hasta el incienso en las misas y, por aquel entonces, los quinarios no es que fueran sobrados de la mezcla mística de resina y carbón. De lo de adular (como sinónimo de incienso) ya se iba sobrado.
De hecho, tantas fueron las lisonjas que estas se confundieron con el incienso de quemar y comenzaron a aflorar procesiones más allá de la Semana Santa, hasta tener prácticamente varias hasta en los meses más insospechados del año.
El incienso llegó hasta el verano, mezclando lo tradicional con lo advenedizo para mayor gloria de una sociedad caníbal de cualquier producto que consumir, cofradías incluidas. Algo que da para escribir hasta un ensayo, pero hablando de incienso no vamos a acudir hoy a su antónimo.





