Ver la caída de una sociedad te permite ser testigo de excepción. Aunque seas parte como un pequeño, ínfimo, engranaje de la misma, abstraerte y ver la sucesión de hechos del ocaso resulta fascinante. Y, si bien puedes calentarte en algunos momentos ante la estulticia, cuando se apaga el fuego interior el espectáculo es memorable.
Eres consciente del declive, de la decadencia y de que ese momento final no lo vivieron muchas generaciones precedentes. Así, ves fundirse los valores entre sí y recuerdas los motivos por los que la Iglesia se aniquiló a sí misma casi sin saberlo, tal vez, por prepotencia o soberbia, el peor de los pecados, contra el alma.
Ves a los radicales resurgir de las cenizas a los que los redujeron Reagan y Thatcher. Ves el fruto inane de discursos vacíos. Ves a los viejos rockeros del comunismo patrio (ese mismo que estaba desvencijado) enarbolar los pañuelos palestinos, las banderas y actuar del modo que son, con la violencia por definición.
No ves a ninguno condenar con la misma fuerza a los terroristas de Hamás que exhibieron cadáveres, no. Lo que sí ves es a manifestantes destrozando la reputación deportiva y moral de un país del que ya apenas queda el recuerdo de lo que fue. Y escuchas su discurso nazi, queriendo negar el pan y la sal a deportistas, artistas y demás personas que vengan de Israel.
Es el antisemitismo que salió por las chimeneas de media Europa hace ocho décadas, mezclado con el discurso único que te mandaba a los gulags a la más mínima. Pero todo ello sin poso intelectual, con la estupidez arrogante de los ignorantes que gobiernan y que salieron de las calles que ahora toman sus representados.
Por ver, ves cómo se utiliza el traslado de una cofradía en Córdoba para lanzar tu protesta. Sin orden y concierto, pero en esta decadencia moral ya nada importa, todo vale, hasta escuchar a una manifestante (intifada de bandera y poco conocimiento) decir que el Señor era palestino.
No saber que Jesús era judío es de traca, tanto como escuchar a un comentarista deportivo en la cadena de radio de la Conferencia Episcopal decir que él como padre, si fuera palestino y tuviera hijos, se sentiría consolado por las protestas en La Vuelta. La estupidez, como el miedo, es libre.
De lo que no nos libraremos será de ver banderas palestinas y, quién sabe si más altercados, en actos fastuosos de las cofradías, llámense magnas o cualquier otro evento de ese tipo. Y los miraremos con el discurso de que todos apoyamos a las víctimas, sin apercibirnos de que las víctimas somos nosotros mismos del sistema perverso que nos domina y nos hace incapaces ni de alzar la voz ni de pensar por nosotros mismos.





