La revirá | Un colectivo secuestrado por sus propios caprichos

Hay colectivos que parecen condenados a vivir en una reconstrucción permanente, sobre todo cuando sobran actores convencidos de que el escudo les pertenece. Puede cambiar el líder, modificar el sistema, renovar parte del vestuario, contratar nuevos preparadores y anunciar cada verano que ha llegado el momento de empezar de cero, pero si quienes llevan demasiado tiempo campando a sus anchas continúan disfrutando de una posición de privilegio, cualquier revolución termina siendo un decorado. Se cambia el nombre del responsable, se presenta al siguiente como el salvador de todos los males, se pronuncian palabras solemnes sobre compromiso, disciplina y unidad y, cuando llega la hora de la verdad, vuelve a aparecer el mismo problema de siempre: un grupo de niños mimados que se considera por encima de las decisiones de quienes tienen la responsabilidad de gobernar. El resultado es perfectamente previsible. El capitán del barco descubre que hay marineros con más poder que él, la dirección empieza a caminar con pies de plomo para no incomodar a determinadas vacas sagradas y el grupo acaba convertido en rehén de quienes aprendieron hace tiempo que basta con tensar la cuerda para que alguien termine aflojándola. Y así pasan las temporadas, los responsables, los proyectos y las oportunidades mientras el problema permanece instalado en el mismo lugar, cómodamente sentado en primera fila y contemplando cómo los demás cargan con las consecuencias de sus privilegios.

Lo verdaderamente peligroso de estas situaciones es que los mimados rara vez necesitan rebelarse abiertamente. Les basta con saber que alguien, llegado el momento, acabará haciendo lo que ellos quieren. Un gesto, una protesta, un rumor cuidadosamente colocado, una presión ejercida en el momento oportuno o una amenaza velada pueden resultar suficientes para que quienes deberían mandar comiencen a preguntarse si merece la pena enfrentarse a ellos. Y cuando la autoridad empieza a preguntarse eso, ya ha empezado a perderla. El problema deja entonces de ser circunstancial para convertirse en estructural. Porque un vestuario puede soportar una mala racha, un entrenador equivocado o incluso una temporada desastrosa; lo que no puede soportar indefinidamente es la sustitución de la disciplina por el capricho y del liderazgo por la claudicación. Mucho menos cuando quienes deberían poner orden prefieren administrar el conflicto antes que resolverlo. Entonces cada concesión genera una nueva exigencia, cada privilegio engendra otro privilegio y cada silencio se interpreta como permiso. Hasta que llega un momento en que ya nadie sabe exactamente quién dirige el club, quién toma las decisiones y quién se limita a intentar que determinados protagonistas no se enfaden. Y cuando un proyecto alcanza ese punto, el desastre deja de ser una posibilidad remota para convertirse en una consecuencia que simplemente está esperando su fecha.

Lo más sorprendente es que, pese a todo, siempre aparece alguien dispuesto a convencernos de que todavía queda tiempo para reconducir la situación sin tomar decisiones dolorosas. Que quizá bastará con hablar, con negociar, con hacer algún pequeño ajuste, con cambiar una pieza secundaria o con conceder una nueva excepción. Pero hay problemas que no se solucionan añadiendo parches a una estructura deteriorada. Si durante años unos pocos han aprendido que pueden condicionar decisiones, imponer criterios y conservar privilegios porque quienes mandan carecen del coraje necesario para decir basta, el remedio no puede consistir en ofrecerles otra concesión. Hace falta recuperar el principio elemental de cualquier institución: quien recibe una responsabilidad debe ejercerla. Sin miedo, sin complejos y sin mirar de reojo a quienes han convertido su permanencia en una fuente de poder. Porque el día en que la dirección decide que enfrentarse a los mimados resulta más peligroso que permitir que sigan haciendo lo que les venga en gana, el partido está perdido antes incluso de saltar al terreno de juego. Y entonces llegará la crisis, inevitablemente, con un vestuario dividido, un proyecto debilitado y una derrota que algunos presentarán como inesperada cuando, en realidad, llevaba años escribiéndose delante de todos.

¿Real Madrid? No, no, no estoy hablando de fútbol. Estoy hablando de una cuadrilla costalera. De una cuadrilla importante que lleva demasiado tiempo aquejada exactamente del mismo mal que el club de Chamartín: unos cuantos costaleros mimados que llevan años imponiendo su voluntad, condicionando decisiones y campando vergonzosamente a sus anchas dentro de una hermandad, hasta el punto de haber llegado a propiciar incluso cambios importantes en la cofradía, con la complicidad del capataz y la falta de coraje de una junta de gobierno incapaz de poner en su sitio a quienes confunden ser necesarios con ser intocables. Y el sitio de los mimados y caprichosos no está en el banquillo, ni en la mesa de negociación, ni dictando las reglas del juego: está en la puta calle. Y la inacción a la hora de coger el toro por los cuernos y reconducir una situación, solo puede desembocar en el desastre más absoluto, en la claudicación y en la rendición frente al enemigo que, antes de un año, tendrá la posibilidad de recuperar el poder perdido y consumar la ruina total. Porque si quienes tienen la obligación de mandar siguen teniendo miedo de mandar, quizá cuando quieran hacerlo ya no quede nada que gobernar.