A contracorriente | Elecciones

hermano mayor elecciones

No asistirán a un proceso electoral, ya sea a las Cortes o para elegir presidente de una comunidad de vecinos, en el que no haya nadie que aluda a la frase manida de ‘fiesta de la democracia’. Esto pasa en todos los ámbitos y el cofrade no es una excepción.

Entonces es cuando a uno le da por acariciar malos pensamientos y cree que deberían cortarle la lengua al que la pronuncia y los dedos al que la escribe, porque unas elecciones, si tienen fiesta es de egos o de mantenimiento del status quo, del salario, del puesto de trabajo, o de todo a la misma vez.

Los procesos electorales son un ejercicio de resiliencia (otra palabra de moda y manoseada) en el que nadie pierde del todo, porque las cuotas de poder -en mayor o menor medida- se mantienen cual trofeo de guerra.

En el caso de las cofradías resulta menos evidente en el contexto de quienes caen derrotados, pero ahí es donde se crean los grupos de presión, la oposición perpetua que es capaz de esperar su momento durante décadas baldías. Entre tanto, el que gana suele lidiar con la sospecha de la urna escondida tras el dosel (¿les suena? seguro que sí) y con un ramillete de enemigos íntimos.

Y mientras quienes deben poner orden suelen mirar para otro lado, nadie se detiene a pensar en que todo podría ser más sencillo si hubiera intención, buena intención, se sobrentiende.