A contracorriente | Éxtasis misional 

En los Salesianos aprendí, entre otras cosas -buenas y malas-, que a un cristiano que se precie le gusta más una guitarra que una misa. O, mejor dicho, misa y guitarra tienen una unicidad que ni el Dios, uno y trino. 

Era algo inocuo y dotaba de la alegría del mensaje de Jesús las ceremonias litúrgicas. Hasta que descubrí esas versiones para misa de temas icónicos de Dylan y Cohen. Eso mismo, a día de hoy no deja de producirme cierta urticaria, porque el Aleluya y el Blowin’ in the wind no son dos canciones, sino obras de arte que no se deben ensuciar. Es como hacerles una versión rumba pop. 

Pero regresando al éxtasis, la guitarra no era la unica hierofanía de aquellos cristianos de base, también lo eran un campamento o una misión apostólica. Y en ambos casos, la guitarra siempre aparecía.

Para esa labor de apostolado opté por las cofradías, hasta que la Iglesia se apercibió y también optó por ellas, cuando hasta ese momento las habían tratado como a la tía pesada del pueblo que cuando te visitaba te daban ganas de cambiarte de nacionalidad. 

Y esa opción nos ha traído a un presente en el que se ha pasado de ignorar a las hermandades a utilizarlas como reclamo para misiones diocesanas. Tanto que esta semana tenemos el mejor ejemplo en Córdoba con la tercera que organiza la diócesis y que tiene en solfa a unas pocas cofradías, hasta el punto de que van a participar varias corporaciones en vía crucis misioneros, procesiones eucarísticas extraordinarias y rosarios por la misión diocesana. 

Un éxtasis misionero y misional que está por ver si tiene su correlato en las calles, pero al que solo le falta que suene la guitarra con acordes de Dylan o Cohen.