La semana intermagnas ha pasado su ecuador y ya se esperan los regresos de las hermandades (más de una decena) a sus templos.
Cofradías que tienen a sus imágenes en la Mezquita-Catedral, expuestas a fieles, devotos y los turistas que a diario deambulan por el templo mayor y buque insignia del turismo cordobés.
Y si ya llamó la atención que las hermandades que no se quedaban en el templo mayor ni siquiera entrasen más allá del Patio de los Naranjos, la colocación de las que se han quedado dentro tampoco ha dejado indiferente.
Y es que las imágenes parecen más aparcadas que posicionadas en alguna especie de itinerario. Por no hablar de una iluminación pobre en algunos casos. O del malestar de algunas hermandades (expresado en el ámbito privado) cuando vieron donde era colocado su tesoro más valioso.
La Mezquita-Catedral casi nunca fue la casa de todos los católicos, aunque durante unos años (cuando interesaba) se creó la falsa ilusión de que lo era. Pero como el amigo que ya se empieza a hacer pesado cada fin de semana con las mismas bromas, a los custodios del templo parece que se le hacen bola las cofradías.
Aunque eso último no es nuevo, baste recordar que hasta hace no tanto se cobraba a las hermandades por la colocación de la rampa. Por lo que se antoja que la amistad de estos años era como la del matrimonio de conveniencia. Pero ya una de las dos partes gana menos con las nupcias que la otra, o eso parece.
Nada que ver lo de ahora con la Magna Nazarena y aquellos pasos reluciendo en el templo que es la envidia de sus congéneres y los gestos de complicidad de cofrades y sacerdotes. Y es que la Mezquita-Catedral ya no es lo que era.





