Hay momentos que te devuelven a las cofradías, a la fe espontánea y primigenia. Otros, en cambio, te la traen a estrenar, como en aquella primera madrugada del asombro, pero sin ser un niño, aunque la miras con aquellos mismos ojos estupefactos.
Todo surge con una fotografía, que te impulsa -sin saber muy bien por qué- a verla. La instantánea -más allá del ornato- se convierte en una llamada interior, en la interpelación exacta.
Haces las cuentas de las horas, de la agenda de la cotidianidad, para que lo habitual se convierta en extraordinario sin la necesidad de una procesión, con la excusa justa de un culto, de un besamanos a los pies de un altar fastuoso.
Y, de repente, la tarde ya no es la de un lunes más (un lunes menos, que escribirían en redes las cofradías que salen ese día de la Semana Santa y que es menos, porque la vida es un descuento constante del que nunca sabemos el instante último).
La bancada de la iglesia se torna infinita y, al fondo, sobre ella se construye el altar efímero y flamígero que sus hermanos han construido con el esmero y el placer personal del trabajo bien hecho. Un impecable altar de cultos es eso precisamente, santificarse en el trabajo diario.
Más allá de los cirios apuntando al cielo está ella, apuntando con su mirada al nuevo visitante, requiriendo su atención sin que nada se oponga entre ambas miradas.
El paso hasta los pies del altar es firme, pero guarda la cautela de la emoción sostenida, que se torna exponencial a cada paso. En su mano está el secreto del tiempo, de los años en que no la vi -la sentí- tan cerca como en ese instante.
Los labios trémulos se acercan a su mano, mientras las pupilas no se despegan de las suyas. Apenas son unos instantes, fugaces como los recuerdos. Y, al marchar, sientes como la mirada de la Reina de los Mártires te persigue, como un sortilegio pretérito, como todo lo que estaba en el pensamiento antes de cobrar la vida que te da ella, con su mirada.








