A contracorriente | Manual de la contradicción para cargarse una fiesta 

El tiempo camina deprisa y la gente con ansiedad. Sé bien de lo que hablo. Primero, sientes una opresión en el pecho, luego te cuesta respirar y, en ocasiones, hasta sufres sofocos. Eso es lo que me pasa cada vez que leo o escucho a alguien del Ayuntamiento, mande el que mande, hablar de las Cruces de Mayo. 

Y es que las celebraciones en la calle, con la libertad que te daba el aire libre, no gustan. El hecho de no poder controlar a la masa, que compre la bebidas da en un supermercado o en un chino, no gusta. Esto es, el botellón no gusta en cruces, pero si se potencia en la feria, botellódromo incluido. 

Tampoco gusta, en este caso a los que montan la cruz (en su mayoría hermandades), que el personal no les consuma. Lo mejor es esperar tu buena cola, cual oveja, para sacar el ticket y que te soplen casi 30 euros (cuando no más) por una jarra de rebujito y dos platos. Y todo con envoltorio de plástico, tan poco sostenible y tan artificial como los precios. 

Se lucha, desde la institución civil contra la masificación, la misma que se potencia en el resto de eventos del mayo festivo. Mientras los cofrades se preguntan cómo meterle mano a Los Patios y que, a base de barras, palcos y subvenciones paguemos mantos, respiraderos, dorados y faldones. 

La contradicción está en el todo, mientras paganizamos cada fiesta y la reducimos a mero folclore, pero cuidado, no hagas un chiste que llamo a los abogados católicos.