Hay campañas que se repiten en el devenir de los días, como la del Domund cada mes de octubre. Una que viví desde mi más tierna infancia en los Salesianos, donde nos daban unos sobrecitos, con tipografía de misal de beata de misa diaria, que te llevabas a casa para que tus padres hicieran la aportación voluntaria.
No voy a entrar en intimidades familiares, pero a mi hermano y a mí -que no sellábamos el sobrecito-, nos entraba de repente un arrebato marxista con el reparto de la plusvalía. Por suerte, aquello quedó en un arrebato infanto-juvenil.
Aquella campaña era anual, como otras tantas que sufragaba el trabajo en la obra de mi padre y que, iluso de mí, creí que cuando terminara la escuela se acabarían.
Pero las campañas siguieron, en la política (que son perpetuas como la luz de Dios que se ruega para los difuntos) y en el ámbito personal. Lo de escribir, por ejemplo, siempre ha sido susceptible de campañas, hasta cuando solo salían de los dactilares palabras bonitas para todo el mundo.
Pues ya en aquel tiempo (en el que evitaba la crítica porque me estaba informando del asunto) lo de ser pretendidamente cursi era objeto de campaña, como también de aquellos a los que no nombraba (no citar a un personaje casi me cuesta un trabajo en cierta ocasión).
Cuando ya la cosa se torció y me dio por opinar con cierta libertad se desató un huracán en Jamaica. De los afectados por supuesto, mientras los presuntos amigos de estos venían a susurrarme maldades para que echara más leña al fuego.
Con algunos asuntos fue especialmente significativo el cainismo de algunos personajes, los mismos que de un tiempo (de unos años) a esta parte dejaron de quererme y, cada semana, como el que va a rehabilitación me mandan a una paloma mensajera con advertencias de lo más variopintas.
No deja de tener su gracia, ya que como le dijo cierto catedrático de Derecho Civil -en el día de la presentación de la asignatura a la que un servidor asistió- a un alumno que se estaba sonriendo: “cuéntenos el chiste que tanta gracia le hace, que lo mismo le cuento yo después uno con el que no se va a reír».
Aquel catedrático y yo solo teníamos en común que no sabíamos contar chistes (y eso que se los pido al Calaíta todas las semanas pero me ignora). Pero si algo se me da bien es contar historias con las que a alguno se le quedará el cuerpo como el titular de esta columna. Tradúzcanlo.
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