Septiembre siembra los propósitos como un año nuevo, donde la vuelta a lo cotidiano se torna oportunidad de cambio. El Wind of change de los Scorpions, en el que los gimnasios hacen su agosto, en una paradoja sutil que deja el dicho.
Septiembre trae los coleccionables y antes volvía hasta el fútbol que ahora nunca se va. Y llevaba consigo el aroma de los libros a estrenar, del cuaderno, de la tinta impregnada en los dedos como el alquitrán del estudiante.
Septiembre siempre fue el horizonte que abría las expectativas de un nuevo curso, donde sueños e ilusiones se abrían al infinito de cada proyecto.
Septiembre era a la lista de deseos lo que la Cuaresma a la Semana Santa. No traía muchas procesiones al comienzo de curso, pero era el momento en que cimentar los pilares del final del mismo.
Septiembre cambió sus últimas luces y supuso un nuevo amanecer de las cofradías en la calle. Extraordinarias y magnas llamaron a las puertas de inicio del curso para prolongarse, como el fútbol, por cada rincón del año y tornar en difusos el alfa y el omega.
Septiembre comienza con heavy metal, con infinidad de salidas proyectadas para un inicio de ciclo perturbador, del que no se sabe muy bien con qué tipo de hastío se llegará al final del camino, si es que hay final.





