A contracorriente | Una guantada sin mano

años

El mantra de muchos cofrades -los mismos que no hacen nada por impedirlo- descansa sobre la máxima de que se ha convertido lo extraordinario en ordinario. Y ese “ordinario” llevado a todas sus acepciones, incluida la de vulgar.

Con más salidas extraordinarias que en el conjunto de la Semana Santa, hablar de pérdida de papeles es tal obviedad, que no hace falta detenerse en ella. A esto hemos llegado y nadie parece poder salirse de la espiral, del delirio colectivo en el que nos hemos imbuido, como el que se mete en una secta y se cree el mayor de los disparates.

Las cofradías se han convertido en una caricatura de sí mismas en muchos casos, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta en una casa de hermandad, no sea que lo señalen con el dedo y lo aparten de la masa informe en la que todos debemos ser fotocopias del grupo.

Si bien, no hay que culpar solo a un colectivo como el cofrade, ya que clones hay en todos los estamentos. Miren a los periodistas, copias de cada compañero de banca en las ruedas de prensa, con el solo matiz del presunto sesgo ideológico. Constátenlo mirando cuatro periódicos digitales, de esos que presumen de no soltar bulos y van de centinelas de la moral informativa cuales inquisidores modernos, háganlo y verán que el 90 por ciento de sus noticias coinciden. Pues eso, calcomanías endogámicas con RH incluido.

Pues en este tiempo de naderías con ínfulas de trascendencia una hermandad se ha planteado lo insólito: convertir una de sus procesiones en casi una extraordinaria. Se trata del Císter, que pretende sustituir el carácter anual de la salida de la Reina de los Ángeles de gloria por una que se realice cada cinco años.

Todo un atrevimiento en los tiempos que corren y una guantada sin mano a quienes abusan y sacan sus cortejos a la calle como quien sube a la azotea a diario a tender la ropa. Si la medida triunfará o no, el tiempo lo dirá, pero la sola intención ya es una victoria sobre este mundo fotocopiado en el que vivimos.