A paso mudá | Marchas de serie: copiar, pegar y maquillar

Si en el artículo anterior planteábamos el debate sobre la cantidad de marchas que se componen cada año, conviene ahora detenerse en una consecuencia directa de ese fenómeno: la sensación de que muchas composiciones nacen con fecha de caducidad.

En el panorama actual de la música procesional no es raro encontrar compositores que presumen abiertamente de firmar diez, quince o incluso veinte marchas en una sola temporada. A primera vista puede interpretarse como una muestra de enorme capacidad creativa. Pero conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿es realmente positivo que un mismo autor produzca tal volumen de obras en tan poco tiempo?

La música, como cualquier disciplina artística, necesita maduración. Una marcha no es solo una sucesión de acordes que funcionan o un trío emotivo colocado en el momento oportuno. Requiere una arquitectura musical, un desarrollo temático y una identidad propia. Cuando la producción se acelera demasiado, ese proceso inevitablemente se resiente.

El resultado es algo que muchos aficionados perciben con claridad: marchas que parecen variaciones de la misma idea. Introducciones muy similares, giros melódicos repetidos, modulaciones previsibles y finales calcados. No es tanto falta de talento como consecuencia de un sistema que empuja a producir sin descanso.

A esto se suma otro problema cada vez más evidente: la saturación de estrenos. Cada Cuaresma llegan decenas —o incluso centenares— de marchas nuevas al repertorio de las bandas. El calendario de conciertos se llena de presentaciones y las redes sociales se inundan de vídeos de “estreno absoluto”. Pero en medio de ese aluvión musical surge una paradoja: apenas hay tiempo para escuchar, asimilar y valorar lo que se estrena.

La consecuencia es que muchas marchas pasan fugazmente por el repertorio para desaparecer poco después. Se interpretan unos meses, generan cierta expectación inicial y, al año siguiente, quedan relegadas por nuevas composiciones que repiten el mismo ciclo. La música procesional empieza así a comportarse como un producto de consumo rápido.

Y quizá ahí esté el verdadero problema. Las grandes marchas de la historia no nacieron para sonar una temporada y desaparecer. Compositores como Manuel López Farfán o Antonio Pantión crearon obras que han sobrevivido décadas en el repertorio porque tenían personalidad y profundidad musical. No necesitaban estrenarse cada año; bastaba con escribir algo que mereciera permanecer.

No se trata de demonizar la creatividad ni de poner límites artificiales a la composición. La música procesional vive un momento de enorme vitalidad y eso, en sí mismo, es una buena noticia. Pero convendría preguntarse si la prisa y la sobreproducción están empobreciendo el género.

Porque quizá el objetivo no debería ser componer muchas marchas, sino componer marchas que resistan el paso del tiempo.

Y eso, inevitablemente, exige algo que hoy parece escasear: tiempo.