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Córdoba, El Cirineo, Opinión, Sevilla

Acatar la ley

Definitivamente hemos entrado en un peligroso bucle, impensable hace tan sólo una década. Si hace unos pocos años hubiésemos dicho que en este país íbamos a estar al borde del enfrentamiento civil y, simultáneamente, siendo literalmente invadidos por nuestra frontera sur, nos hubiesen tomado por locos. De hecho, son muchos los que afirman que exageramos quienes aseguramos que es perfectamente factible el estallido de un conflicto, del que algunos venimos avisando, y advertimos del peligro de la entrada masiva de cierta clase de extranjeros, cuyas intenciones resultan extremadamente complejas de garantizar.

Hoy, la ira campa a sus anchas, cualquier pretexto sirve para que salte la chispa del insulto gratuito y el miedo comienza a sentirse con intensidad en las entrañas de más de uno. Eso sí, las vendas en los ojos se multiplican prácticamente al mismo ritmo. Algunos siguen negando que hay miles de ciudadanos que quieren propiciar una revolución, al coste que sea. Y no olviden nunca, que a lo largo de la historia, todas las revoluciones se han aprovechado y alimentado del caos. Revisen lo ocurrido en el germen de revoluciones tristemente célebres como la rusa o la china y comprobarán que lo que les digo es absolutamente cierto. Dos de los mayores asesinos de la historia, Lenin y Mao, aprovecharon la guerra y el caos que asolaba sus respectivos países para alcanzar el poder y provocar, abrazados a una violencia inaudita, una terrible revolución con millones de muertos a sus espaldas.

Fíjense cómo será la cosa que les iba a hablar de una cofradía cuyos dirigentes venden de photocall a photocall como una balsa de aceite, en la que aseguran que hay ciertos miembros de la junta de gobierno y sus alrededores que ha exigido al hermano mayor que prescinda de varios de sus personas de confianza bajo amenaza de hacer mutis por el foro y con el clarísimo objetivo de eliminar rivales con vistas a futuros procesos electorales y, sin embargo, he tomado la decisión de dejar el asunto aparcado para otro día, por jugoso que éste sea, y hablarles de lo que realmente me preocupa, el caos, el odio latente in crescendo, la rabia cada vez menos contenida… y , en suma, la violencia que crece exponencialmente.

Manifestaciones en las que proliferan las agresiones físicas se extienden por el país como una peligrosísima mancha de aceite y la sensación de que algo extremadamente grave va a ocurrir de un momento a otro se incrementa a cada día que pasa. Algo tan grave que suponga un antes y un después, atravesar una frontera de consecuencias irreparables. En esta situación, perdónenme si no les hablo de cofradías, pero es que en muchas ocasiones siento que me la traen al pairo los infantiles tejemanejes que algunos personajillos ponen en marcha con tal de perpetuarse en su trono, comparado con lo se avecina si nadie es capaz de pararlo. 

En los últimos tiempos un grupo perfectamente definido, perfectamente identificable, y con nombres y apellidos, ha comenzado una escalada que tiene un único objetivo: acabar con nuestro sistema democrático. Por eso han colocado en la diana a la monarquía, a las fuerzas de seguridad del Estado, al sistema judicial y a la Iglesia, con todo lo que ella representa, cofradías incluidas. Hay una persecución absolutamente orquestada por ciertos medios de comunicación y por partidos de extrema izquierda e independentistas. Unos con la pretensión de generar el caldo de cultivo propicio para que esta revolución con la que sueñan pueda producirse y otros con el deseo indisimulado de desmembrar España. 

Y para lograrlo todo vale. Abrazarse a miserables terroristas asesinos, justificar conatos de linchamiento a jueces y policías, insultar a la monarquía y a la religión católica, haciendo lo posible porque el porcentaje de creyentes de otros credos en la sociedad que nos rodea se incremente, para reducir la influencia de los católicos… En definitiva desarrollar un programa de ingeniería social definido y orientado a destruir el status quo y con él a una parte de la sociedad, la más centrista y moderada, a la que tachan sin rubor alguno de fascista, señalando a sus miembros como el enemigo que hay que erradicar y, llegado el caso, destruir. No en vano todas estas instituciones son las que, apoyadas en la generosidad infinita de las generaciones que protagonizaron la modélica transición, propiciaron una estabilidad sin precedentes en la sociedad española contemporánea. Por eso precisamente quieren terminar con ellas, para facilitar su verdadero objetivo, la instauración de un sistema pseudodemocratico como el que existe en países como Venezuela, Nicaragua o Bolivia. 

Y para lograrlo, resulta imprescindible enardecer a esa parte de la población que les sigue, con una ceguera insoportable e inaudita, fruto de una manipulación que se asienta en un sistema educativo que se ha encargado de crear varias generaciones, prácticamente completas, de perfectos imbéciles incapaces de distinguir cuando están siendo tratados como animales de granja. Por eso se está montando la que se está montando en los últimos tiempos contra determinadas decisiones judiciales. No porque a estos sujetos miserables les importe lo más mínimo las presuntas víctimas, o los afectados por ciertas resoluciones que están en la mente de todos. Su única pretensión es mantener un estado de excitación, de ira, de caos y de violencia permanente que termine provocando un estallido de consecuencias irreversibles. Un clima en el que sea imposible hacer entender a los borregos de turno que las resoluciones judiciales han de ser respetadas nos gusten o no, porque esta es una de las esencias de la democracia, el cumplimiento y el respeto a la ley. Lo contrario es la anarquía.

Las sentencias judiciales deben ser respetadas aunque no las compartamos. Cuando se condene a un implicado en la trama Gürtel o la de los ERES, cuando se envíe a prisión a unos políticos por pasarse por el forro  el ordenamiento establecido, cuando se sentencie a una piara de miserables e impresentables abusadores, que no violadores, cuando haya que sacar o mantener – que está por ver – los restos de un general en un templo, cuando se condene a una madre por haber raptado a sus propios hijos por hacer caso a una marabunta, piara también, de descerebradas feminazis, que han provocado su condena, o cuando un juzgado ratifique el archivo de la causa contra un sujeto impresentable porque estime que “no hubo ánimo ofensivo” cuando atentó de manera grave contra el sentimiento religioso de miles de ciudadanos.

Los protagonistas de los fallos podrán parecernos víctimas o seres repulsivos, incluso los jueces que dictan las resoluciones. Pero la ley debe ser respetada, por encima de todo, como deben ser respetadas las instituciones que dan estabilidad a nuestra sociedad. Porque de no hacerlo, terminaremos sucumbiendo a la instauración de esa anarquía con la que sueña la extrema izquierda y nuestro sistema de creencias, nuestras convicciones más profundas, nuestra forma de ser, sentir y pensar, terminará despeñándose sin remedio por el abismo de odio y violencia al que la extrema izquierda nos quiere empujar.

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