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El Respiradero, 💙 Opinión

Agosto sin besos

Hace calor en la ciudad. La monotonía se apodera de los días y entra en edificios casi deshabitados. Este mes ha dejado huérfano la jungla de alquitrán que se apodera de las calles. Comercios que siguen sin abrir. Nunca la sombra tuvo tanto espacio sin nadie. Y el silencio campa a sus anchas buscando alguien que le haga desaparecer.

Hay gente que sigue siendo fiel a su ciudad incluso los días en los que más cuesta estar en ella. El calor es algo que siempre ha estado ahí y el paso de los años no es motivo para seguir quejándose. No hay lugar mejor que el vecindario de siempre. Ni reunión más satisfactoria con las vecinas que esa a alta hora de la noche cuando la luna empieza a ascender el firmamento.

Todos son excusas. Hay un motivo por el que muchas personas no abandonan Sevilla en estas semanas de calor. Y tiene un nombre. Reyes. Devoción íntima y pura de la tierra de María Santísima. Tradición centenaria marcada en rojo en los calendarios de las cocinas de las abuelas. Son ellas las que no quieren irse porque no encuentra más satisfacción que estar cerca de Ella.

Son las abuelas de Sevilla las que hacen cola esta mañana y esta tarde de agosto para ver a la Virgen de los Reyes. Casi todas se conocen. Suelen ser las mismas todos los años. En la Puerta de Palos da un sobresalto el corazón cuando alguien pregunta por una ausencia y la respuesta es “está con Ella”.

Este mes de agosto sigue teniendo el olor a nardo y los mejores perfumes de las abuelas en la plaza que tiene el nombre de la Virgen. Se han peinado para la ocasión. Y traen un rosario de promesas y peticiones en la cabeza. Muchos recuerdos en el pensamiento. Los nombres de los que ya no están y esta vez los que llevan meses pasándolo mal.

En el interior de la Catedral un frescor recorre el cuerpo, es la mejor recompensa. La Virgen este año está en las puertas de la Capilla Real porque estrena la mayor de las ausencias. La de los besos de las abuelas. Un vacío estremece el espacio entre las miradas lagrimosas de ellas y la sonrisa enigmática de la Virgen.

Ellas entienden mejor que nadie esta ausencia. Llevan meses sin recibir los besos de sus nietos. Los han tenido cerca. Pero les ha faltado ese tacto que llena el alma de una felicidad incomparable.

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