Atardece en San Basilio, y los últimos rayos de la tarde penetran en una Iglesia desolada por la Cuaresma. Y es que estos cuarenta días de ilusionante espera, desgastan y enervan poco a poco, pues los días que llegan, encierran una gran tristeza.
La pobreza y la sobriedad hacen acto de presencia en el templo y el ambiente se carga de angustia y dolor. De la nada, un breve rayo de esperanza ilumina el barrio. Parece mentira que en este mundo de odios y rencores, un camino de calor maternal se abra de repente. Una Reina hebrea llora injustamente la condena de su hijo, pues tanto Amor acumula esta soberana, que en lágrimas debe soltarlo al mundo.
Madre querida, quisiera decirte que pares de llorar, porque me rompes el corazón, pero por ese mismo motivo creo que debes continuar con tu angustia, porque solo Tu eres capaz de despertar esa parte de amor fraternal que hoy en día los hombres, parece que tenemos dormida. Tu nombre, es el principio y fin de cualquier cristiano, la causa por la que hoy seguimos peleando en este mundo que se niega a avanzar a favor nuestra y que hasta al más valiente desgasta sin más.
Tu nombre, es la cura de tantos heridos que de luchar ya se han rendido y que tan solo de Tí dependen, pues Madre mía, eres la única que hoy en día ama sin desinteresadamente, sin mirar lo que yo a Tí te puedo dar. Tu nombre, es manto y guía de aquellos en los que en Ti se quieren refugiar. Y es que Madre, es tu nombre tan solo el que nos indica, que en este mundo, tan sólo vinimos para amar.





