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Córdoba, El Cirineo, Opinión, Sevilla

Atrás quedó el tiempo de la mordaza y el miedo

Fueron muchos meses de silencio refugiando los datos en la paciencia de quien sabe que por encima de la noticia está la lealtad y la honestidad. Semanas conociendo las tácticas miserables desplegadas por quien no conoce ni una ni otra, apurando la atalaya del poder mediático que un día ostentó pese a ser consciente de que el reinado está a punto de expirar. Jornada tras jornada de constatar de primera, de segunda y de tercera mano hasta qué punto es capaz de arrastrarse por el lodo quien pasea su pluma por los rincones más oscuros de la ciudad a cambio de convertir una noticia en una exclusiva.

Llamadas cansinas sin coto para implorar unas migajas de la relevancia perdida socavadas por las nuevas tendencias, tantas veces menospreciadas, entre la incapacidad más absoluta para poder controlar al enemigo con las antiguas armas de siempre, la manipulación, la amenaza y el infierno de la indiferencia prometida, porque cuando el contrario carece de intereses definidos, cuando no existe un rey a quien amedrentar, cuando se difuminan como las nubes de incienso las posibles víctimas sin materializarse en presas a las que atacar, se convierte en imposible enfrentar al rival con las viejas tácticas rancias y mafiosas.

Llegado el día, el otro líder de opinión, el antiguo referente, el filósofo destronado, movió los últimos hilos creyendo que, como siempre había hecho, la victoria estaba de su lado, tras interminables horas arrodillado ante el poderoso, tragando lo que hubiera que tragar, para lograr el fin, justificando los medios por muy repugnantes que estos fuesen, y abusando de la amistad de terceros creyó controlar la situación basando su victoria en la integridad de la palabra comprometida por otros, utilizando la misma dignidad que sabía incorruptible entre amigos y de la que él siempre careció.

Pero el mundo ha cambiado y la realidad en la que se desarrolla la verdad es imposible de controlar. Poner puertas al campo no es más que una quimera que no podría convertir en realidad ni el mismísimo Julio Verne. Por eso, cuando el soplo se transformó en rumor y el rumor en realidad, mucho antes de que llegase el amanecer, la noticia corrió como la pólvora por el mar de la certeza convirtiendo la exclusiva en mera redundancia. De nada sirvió el silencio comprado a cambio de llantos y ruegos desesperados. La voz callada de quienes antes se subestimaba y ahora se temía fue sustituida por decenas de gritos de libertad rebeladas y reveladas frente al vergonzoso intento de erigirse en la única voz que alimentase al pueblo.

Unos callaron cumpliendo la palabra empeñada, otros erraron al prometer exclusividad y al mismo tiempo jugar a una igualdad que no fue más que ficticia, muchos, de manera espontánea, alzaron su voz para impedir que el villano venciese la pequeña batalla y éste, el villano, que vive arrastrándose por el fango refugiado entre los palmeros de su decadencia, protegido por los francotiradores de su vergüenza, navegó una vez más hasta la orilla de la frustración y el ridículo más grotesco, vencido una vez más por los usurpadores del evangelio, entre el regocijo cómplice de los miles de muertos que claman justicia en la cuneta, consciente de que quienes tanto daño sufrieron, tanto fueron pisoteados, esperarían pacientemente para ver pasar derrotado al azotador de la verdad absoluta víctima del mismo hierro que regaló en sus tiempos de gloria infinita.

Atrás quedó el tiempo de la mordaza y el miedo, llegó la hora de la verdad.

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