Una representación de la junta de gobierno de la Hermandad de Nervión, encabezada por au hermano mayor José Cataluña, ha visitado el taller de Charo Bernardino para conocer de primera mano el notable avance de las piezas de bordados del futuro manto de Santa María de Consolación Madre de la Iglesia. La visita, más que productiva, dejó una muy buena sensación tras ver la maravillosa labor de bordados que se está desarrollando, aplicando a la perfección el diseño de Fernando Prini.
Fue el 26 de mayo de 2017 cuando se presentaba el proyecto de diseño del manto de la dolorosa en su Casa Hermandad, obra del malagueño Fernando Prini Betés, uno de los diseñadores que más ha aportado a una Semana Santa como la malagueña, aunque la corporación de Nervión ha sido la primera que ha confiado en él para una gran obra.
El manto viene a ser la guinda que remate el paso de palio de la Virgen de la Consolación, alimentado por la mano de grandes artistas que han aportado su granito de arena para el altar itinerante de la dolorosa que tallara Antonio Dubé de Luque. Orfebrería Villarreal, Manuel de los Ríos, Esperanza Elena Caro o el propio Dubé de Luque, entre otros, son los responsables de que la Reina de la Consolación brille cada año con luz propia.
En cuanto al diseño dotado de un importante condicionante simbólico que representa el Árbol de la Vida del Jardín del Edén, del que se extrajo la madera de la Verdadera Cruz de Cristo. El manto de Santa María de Consolación posee un esquema ornamental concebido a partir de esa premisa, tanto en el espacio central como en los que lo circundan, dispuesto en varios ecos de esta iconografía, mediante representaciones fitomórficas resueltas en simetría que incluso remedan aspectos primitivistas de esta representación. Toda la superficie del manto actúa como remembranza de la Iglesia -Iglesia viva de Cristo-, cuya madre es María. Ella intuyó la íntima relación existente entre la consolación y la cruz, siendo intercesora y cobijando bajo su manto a toda la humanidad.
Como asunto paralelo y vertebrador, la representación central del manto es la del Árbol de Jesé, enraizando así en una tradición cristiana de profundo sentido teológico. El Árbol de Jesé es el árbol genealógico de Cristo, que comienza en el padre del rey David -Jesé- y culmina en su cúspide con la vara o virga que es María y en la que florece el retoño, que es Jesús. Yo soy la raíz y el retoño de David (Apocalipsis, 22:16). Son muchas y muy ricas las representaciones que la Historia del Arte nos ha proporcionado acerca de este trasunto bíblico, siendo la mayoría de ellas proclives a la composición de un árbol que nace de la figura recostada de Jesé para después presentar a otros insignes antepasados de Nuestro Señor, como David o Salomón, hasta llegar a la Virgen María. Estas muestras, nutridamente pobladas de personajes, se desarrollaron en el arte occidental a partir del siglo XI, primero en los libros miniados y posteriormente en pinturas, techumbres, vidrieras, relieves, arte mueble y textil. El árbol sería rematado por el anagrama mariano con una estrella en su centro, jalonado por el sol y la luna -Pulchra ut Luna, Electa ut Sole-, sobre el que se cierne una corona adornada de azucenas; así, este símbolo de la estirpe del Señor queda centrado como eje principal y acaba funcionando como leitmotiv.
De este modo, todo el manto es una paráfrasis visual de la genealogía de María, y por tanto se convierte en alegoría de su papel como Madre de la Iglesia, segunda advocación de Santa María de Consolación. Fue Pablo VI quien, en el contexto del Concilio Vaticano II, proclamó a la Virgen con esta denominación, desde entonces defendida por los pontífices posteriores, si bien ya San Ambrosio de Milán la usaba desde el siglo IV. En su pronunciamiento, Pablo VI llamó a María Modelo de la Iglesia, en base a su fe, amor y plena unión con Cristo, su Hijo; después apeló a ella como Madre de la Iglesia, por el hecho de haber dado a luz a Jesús, cabeza del cuerpo místico que conforma su Iglesia. En recuerdo de este hecho, el manto ostenta los símbolos heráldicos del sumo pontífice en las cartelas de las esquinas y en aquella otra en que desemboca la línea axial del manto, a saber: las tres flores de lis, las pequeñas montañas o colinas y la tiara con las llaves.
Respecto a la composición, la pieza huye de los clásicos esquemas a candelieri, con un entramado de cenefas que de alguna forma dibujasen un esquema organizador para toda la superficie del manto, con la intención de que el entrecruzado de líneas proporcionase diferentes campos claramente delimitados y enmarcados. Esto posibilita, además, la idea presente desde el principio de combinar hasta dos tejidos diferentes en la superficie del manto, terciopelo y tisú de plata que proporcionarían sendas tonalidades de azul celeste. Esta composición en particular se basa en una estructura trilobular, que encuentra perfecto acomodo en la silueta del manto, con forma de ojiva. Podríamos encontrar en esta urdimbre reminiscencias de las tracerías góticas, en las que fueron frecuentes esquemas trilobulares por su fácil adscripción al arco apuntado. En este caso en particular, las cenefas -que no dejan de ser un eco de algunas soluciones aportadas en el palio- acaban resolviendo en el cruce de tres mandorlas mixtilíneas, donde se presenta la decoración más profusa; una suerte de triángulo abombado central, que enmarca el anagrama de María; y una línea circundante que parece asemejarse a una roseta.
Bordeando esa estructura, el diseño prevé una guardilla -concebida para ser bordada en malla de oro fino y de perfil sinuoso- de diseño menudo y preciosista, que acogiese hasta once cartelas en disposición de corbatas y que a su vez incluyen sendos motivos iconográficos. Para tres de esas cartelas, se reservaron las armas del Papa Pablo VI por los motivos ya mencionados, y han sido acompañados por respectivos haces de flores: azucenas, jazmines y margaritas (respectivamente, la pureza, limpieza y modestia que se atribuyen a María). En las ocho restantes se dispusieron, asimismo: trigo, cebada, vides, higos, granadas, olivas, dátiles y piña. Siete de esas especies se consideran los frutos de la tierra prometida (Deuteronomio 8:7, 8), así como la granada y la piña son también símbolo de la Iglesia. El resumen de esta simbología es María como tierra prometida, cielo prometido, ciudad, nueva Jerusalén (según dice el Magníficat); María es la tierra cuyo fruto es Jesucristo. El manto alcanza unas dimensiones totales de 520 cm en la embocadura y de 480 cm en la cola.
Estilo del manto
Como buena parte de la producción textil destinada a las cofradías y realizada a lo largo del siglo XX -y en los años transcurridos de la centuria presente-, podemos afirmar respecto a este manto que no se trata de una pieza de un estilo determinado. En base al legado del historicismo, el eclecticismo y el neo regionalismo, los artífices del bordado sevillano han creado insignes ejemplares de un estilo mixto con amplia diversidad de influencias, reunidas bajo la amalgama de composiciones simétricas y abigarradas.
No escapa esta pieza a esa estela de artesanos que reúnen estas singularidades: el magnífico bordador José del Olmo, su diseñadora Herminia Álvarez Udell o la maestra bordadora Concepción Fernández del Toro, además del omnipresente Cayetano González. El diseñador ha encontrado en ellos una parte de la inspiración, en la intención de alcanzar una prenda atemporal, a la par que perseguía la innovación en la composición. Los tallos y flores del dibujo aluden a ese carisma de bordado, pero también a una recreación de motivos grecorromanos y hasta andalusíes, por momentos. Así, podríamos decir que el manto reviste un clasicismo claramente reconocible y que a buen seguro encontrará asiento en la Semana Santa sevillana; y sin embargo, pretende ser una prenda con personalidad propia y distinguible del amplio y riquísimo panorama de las artes suntuarias.








