Cuando despertó me preguntó si era el día, si por fin hoy se vestía de nazarena. Le contesté que sí, que por fin había llegado el día, pero que no sabía que íbamos a poder salir, pues la lluvia amenazaba. Corriendo me pidió que abriera la persiana para ver el cielo, «ves mamá, ¡no llueve!», «Sí hija, pero el día es muy largo y la lluvia puede caer en algún momento». «Pues mamá, ¡cogemos el paraguas de Peppa Pig y así no me mojo! Tú llevas el capirote». Esta fue la conversación que mantuve con mi hija recién levantada ayer Miércoles Santo. Bendita inocencia, ¿verdad?
También me preguntó que nosotros no teníamos la ropa de nazarena, que no lo veía en casa. Le contesté que, como siempre, estaba en casa de la abuela Pepa. Ella era la encargada de lavarlos, de plancharlos, como en la casa de cualquier mamá.
Pronto dejamos Villa del Río para irnos a Córdoba. Ella sentada en su sillita del coche, viendo dibujos en su DVD portátil, ajena al cielo amenazante que había sobre nuestro coche y nos acompañaba hacia nuestro destino.
Comimos y a echarnos un rato para descansar. Sus nervios no la dejaban descansar. Sólo miraba su pequeña túnica blanca con botones verdes Esperanza y su esclavina a estrenar. Miraba una y otra vez la cestita que llevaría con estampas y caramelos. Sonreía, yo la veía. Su cara se iluminaba cada vez que sus ojos se iban hacia ella.
Llegó el momento. Un ritual inundó la casa de mi madre. Un ritual que se dejó de hacer hace tiempo. Sentí como sus paredes se estremecían y una voz me decía: «ya lo sé. No era el momento adecuado. Hoy lo es. Hoy vuelves a sentir esa emoción y esos nervios, como debe ser». «No te.preocupes, lo que tenga que ser será. Hoy, tú le has ganado al tiempo. No sólo a la lluvia, sino al tiempo que has dejado de creer en lo que sobre tu cuerpo descansa». «No lo has hecho sola, Nuestra Madre te envió a una persona para que, a través de ella vuelvas a recuperar la ilusión». «Recuerda, hoy es Miércoles Santo. Un Pentecostés cordobés y tú, llevas la prueba de ello». «¡Disfruta, pase lo que pase!»
Y la vi salir de la casa sonriendo, contrastando su alegría con mi preocupación por el tiempo. La vi jugar en el huerto de sueños infantiles.
La vi sonreír en su bendita inocencia en contrapunto de mi tristeza por tener que esperar un año más.
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