Sendero de sueños | El desastre tiene tres nombres: incompetencia, dejadez y arrogancia

Hay combinaciones que nunca traen nada bueno. Algunas generan conflictos, otras provocan errores. Pero pocas resultan tan devastadoras como la unión de tres ingredientes que, cuando coinciden, suelen conducir inevitablemente al desastre: la incompetencia, la dejadez y la arrogancia.

La incompetencia impide hacer las cosas bien. La dejadez evita que se hagan a tiempo o con el cuidado necesario. Y la arrogancia, quizá la más peligrosa de las tres, impide reconocer los errores y corregirlos. Cuando estas actitudes se presentan por separado ya generan problemas; cuando se dan la mano, las consecuencias suelen ser inevitables.

Porque quien no sabe, pero quiere aprender, todavía tiene remedio. Quien se equivoca, pero escucha, puede mejorar. Incluso quien descuida una responsabilidad puede rectificar si existe voluntad. El verdadero problema aparece cuando la incapacidad se acompaña de indiferencia y, además, de la soberbia de quien se cree por encima de cualquier crítica.

Entonces desaparece la autocrítica, se rechazan las advertencias y se menosprecia a quienes señalan los riesgos. Los errores dejan de ser accidentes para convertirse en rutina. Lo que podía haberse corregido a tiempo termina creciendo hasta hacerse insostenible. Y cuando finalmente llega el fracaso, siempre aparecen las excusas, los culpables externos y las justificaciones de última hora.

Lo más preocupante es que el desastre rara vez surge de repente. Suele anunciarse con señales evidentes que muchos prefieren ignorar. Está en las decisiones mal tomadas, en los avisos desatendidos, en los problemas que se acumulan mientras quienes deberían resolverlos miran hacia otro lado convencidos de que nada ocurrirá.

Y al final ocurre.

Porque la realidad tiene la incómoda costumbre de imponerse a los discursos, a las apariencias y a la soberbia. Tarde o temprano llegan las consecuencias. Y cuando llegan, dejan al descubierto todo aquello que durante demasiado tiempo se intentó ocultar.

Así nos luce el pelo.

No por falta de avisos. No por ausencia de soluciones. Sino porque cuando la incompetencia, la dejadez y la arrogancia deciden caminar juntas, el destino suele estar escrito mucho antes de que aparezcan los primeros escombros.