Hay conceptos que irrumpen en el debate público con una fuerza extraordinaria hasta convertirse en moneda de uso cotidiano. Uno de ellos es el de la «prioridad nacional», expresión elevada por Vox a la categoría de bandera política y posteriormente aceptada por el Partido Popular como pieza imprescindible para levantar gobiernos presuntamente estables tras los últimos procesos electorales. La izquierda, por su parte, ha reaccionado con una indignación tan aparatosa como selectiva, cuando lo cierto es que ese mismo principio lleva décadas aplicándose, con distintos nombres, en multitud de ámbitos. ¿Qué otra cosa es, por ejemplo, la histórica política del Athletic Club de nutrir su primer equipo exclusivamente de futbolistas formados en su ámbito territorial? Una filosofía que, lejos de provocar escándalo alguno, suele ser presentada como un rasgo identitario digno de admiración e, incluso, de elogio. Resulta llamativo que aquello que en unos contextos se exalte como una legítima seña de identidad sea denunciado en otros como si constituyera una herejía democrática. Porque el proteccionismo siempre ha existido. La diferencia radica en que, cuando se ejerce desde determinadas posiciones ideológicas, se denuncia como una aberración y, cuando beneficia a los propios, pasa a convertirse en una práctica perfectamente asumible. Sin embargo, pocas manifestaciones de esa «prioridad nacional» resultan tan grotescas como la que desde hace años se ha instalado en determinados sectores de la Sevilla cofrade.
Porque, despojado de cualquier maquillaje, ¿cómo puede calificarse sino de una auténtica «prioridad nacional» cofrade sostener que una hermandad sevillana tiene la obligación moral de contratar antes a una banda de Sevilla que a otra formación objetivamente superior por el simple hecho de proceder de Cádiz, Jaén o cualquier otro lugar? Eso no es defender el patrimonio local. Eso es convertir el código postal en un mérito artístico. Es sustituir la excelencia por el padrón municipal. Y lo verdaderamente preocupante es que semejante planteamiento no solo ha sido defendido con auténtica militancia por determinados cofrades, sino también alentado desde algunos medios de comunicación e influyentes opinadores —mis queridos influencers— que han confundido el periodismo con el activismo corporativo. Durante años han señalado a juntas de gobierno cuyo único «delito» consistía en contratar a las mejores bandas disponibles, promoviendo campañas de presión cuyo verdadero objetivo nunca fue proteger la música procesional sevillana, sino blindar un mercado para que determinados nombres conservaran intacta su cuota de poder. La excelencia dejó de ser el criterio. Lo importante pasó a ser que los de casa llenaran su agenda, aunque para conseguirlo hubiera que expulsar a quienes simplemente demostraban hacerlo mejor.
La enfermedad, además, nunca se limitó a la música. Ocurrió exactamente lo mismo con la imaginería durante demasiados años, cuando algunos de los escultores más brillantes del panorama contemporáneo eran sistemáticamente cuestionados por el simple hecho de no haber nacido en Sevilla —aunque pusieran mil y una excusas baratas— mientras se impulsaban trayectorias mucho más discretas bajo el confortable paraguas de la cercanía. También sucedió en el bordado y en otros oficios artísticos. Lo curioso es que ese fervor proteccionista desaparece con sospechosa facilidad cuando interesa ensalzar a determinados cartelistas foráneos o cuando los equilibrios de poder aconsejan mirar hacia otro lado. Entonces ya no existe prioridad nacional alguna. Entonces el talento deja de tener pasaporte. Esa doble vara de medir delata que nunca se trató de defender Sevilla, sino de proteger determinados intereses, alimentar determinadas redes de influencia y castigar a quienes, por independencia o por simple superioridad artística, incomodan a quienes llevan demasiado tiempo creyéndose propietarios del relato cofrade.
La auténtica Sevilla jamás necesitó levantar fronteras para hacerse grande. Precisamente alcanzó la condición de referencia universal porque durante siglos supo incorporar a imagineros, orfebres, músicos, pintores, bordadores y artistas llegados de cualquier rincón que contribuyeron decisivamente a engrandecer un patrimonio común. Esa capacidad para reconocer el talento sin preguntar de dónde venía constituye una de sus mayores señas de identidad. Quienes hoy pretenden imponer una suerte de aduana cultural no defienden Sevilla; la empequeñecen. Confunden el amor por lo propio con el miedo a la competencia, el orgullo con el complejo y la identidad con el sectarismo. La excelencia nunca necesita protección; quien la necesita es la mediocridad. Y quizá esa sea la verdadera prioridad nacional que algunos llevan demasiado tiempo intentando imponer: no la defensa de Sevilla, sino la defensa de quienes temen que la comparación termine dejando al descubierto aquello que jamás pudieron alcanzar por mérito propio.





