Tenía apenas nueve años cuando viví uno de esos momentos que quedan grabados para siempre en el corazón. Entre la multitud de peregrinos que llenaban la aldea del Rocío, observaba con los ojos muy abiertos la llegada de San Juan Pablo II de la mano de mi abuela. Quizás no comprendía aún toda la trascendencia histórica de aquella visita, pero sí era capaz de percibir que algo extraordinario estaba ocurriendo.
Cuando escuché a Su Santidad proclamar ante el mundo entero su amor a la Virgen del Rocío, sentí una emoción difícil de explicar. Aquellas palabras, pronunciadas con la fuerza de quien ama profundamente a María, llegaron directamente al corazón de una niña que ya había aprendido a querer a la Blanca Paloma como se quiere a una madre.
Y entonces llegó aquella frase que resonó para siempre en mi interior: el Papa pidió que todo el mundo fuese rociero. Para muchos pudo ser una hermosa expresión de cariño hacia la Virgen, pero para mí significó mucho más. Fue como si alguien me confirmara que aquello que sentía era importante, que mi amor por la Virgen no era algo pequeño ni infantil, sino un tesoro digno de ser compartido con el mundo.

Aquella jornada terminó, pero el recuerdo ha permanecido intacto. Los años fueron pasando, está niña creció, me convirtí en mujer y la vida fue escribiendo nuevos capítulos. Sin embargo, nunca he olvidado la emoción de aquel encuentro ni las palabras del Papa peregrino.
Hoy, muchos años después, sigo caminando hacia las plantas de la Virgen cada Romería. Ya no soy aquella niña de nueve años, aunque en realidad sí lo sigo siendo cuando me encuentro ante la mirada de la Madre. Y en cada camino, en cada oración o en cada visita a la capilla en Córdoba, siento una presencia especial: la de San Juan Pablo II.
Su reliquia me acompaña cada Romería, como un recuerdo vivo de aquel día en que escuché al Santo Padre hablar del amor a María. Es como si aquel Papa que llegó al Rocío para proclamar la grandeza de la Virgen continuara caminando a mi lado, guiándome hacia Ella.
Porque algunas experiencias no terminan nunca. Permanecen guardadas en el alma y maduran con el paso de los años. Y así, aquella niña que un día escuchó a San Juan Pablo II pedir que todo el mundo fuese rociero, sigue encontrando en sus palabras una invitación a vivir con alegría, fidelidad y amor el camino hacia la Virgen del Rocío, acompañada siempre por quien supo señalar al mundo que María es el camino más seguro para llegar a Cristo.

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