Burladero | Macarena

Estimado, amable y fiel lector, una semana más volvemos a leernos para desentrañar juntos los pormenores de la Sevilla cofrade.

Tenemos tantas cosas que contarnos que un artículo se queda muy corto. No hay líneas suficientes en una hoja de papel para unir los entresijos del Congreso de Hermandades, los besamanos, las vestimentas, la tuna o los cultos de algunas de nuestras cofradías más señeras por la Festividad de la Inmaculada, una fecha, por cierto, muy especial para mí.

Pero si hay que resaltar un hecho cofrade que ha marcado estos últimos siete días ése es el de la entrega de la Rosa de Oro papal a la Esperanza Macarena.

El sueño de los viejos, y no tan viejos, del Arco se hizo por fin realidad. Han hecho falta décadas de cariño, ilusión y expansión de la devoción a la Esperanza por los cinco continentes, pero ha merecido infinitamente la pena.

La basílica engalanada, la Reina de San Gil en el presbiterio con su manto de tisú, El Señor de la Sentencia presidiendo el altar y un emisario del mismísimo Papa Francisco postrándose ante la Virgen por la que suspira Sevilla y el mundo entero.

La luz del mediodía, que abraza el ángelus diario a la Madre de Dios, proclamaba el momento histórico que estaba a punto de suceder. Monseñor Edgar Peña descubría el preciado presente del pontífice romano, lo sujeteba entre sus manos y lo llevaba a las plantas de la Señora. Y finalmente, para redondear la caricia a la Esperanza, le tocó con suavidad la saya en señal de respeto y fervor.

El aplauso, larguísimo y sonoro, fue la antesala de los vivas a la dolorosa, acompañados de fuegos artificiales.

Todo era perfecto: No hacía falta comprobarlo en el protocolo o en las miradas del arzobispo o los macarenos, pues simplemente el hecho de fundir a la Esperanza en la rosa del papa y a la rosa en su peana confirmaba aquel instante de felicidad supremo en un lugar del universo, Sevilla, y en una fecha concreta, marte tres de diciembre de dos mil veinticuatro.

Es tan difícil de explicar con palabras y tan fácil emocionarse evocándolo que no hay mejor definición que aquellos versos de mil novecientos treinta que escribieran Joaquín y Serafín Álvarez Quintero dedicados a la Virgen:

En vino blanco, en romero,
en la cal de una fachada,
yo te pienso cuando quiero,
¡lirio de la madrugada!
Allí en tu barrio guardada,
(solo tu barrio te guarde)
brisa que quema y no arde,
clavel de donde consume
su más secreto perfume
todo el oro de la tarde.

No queda nada más que añadir, querido lector. Detengo aquí mi pluma para desearle una buena semana impregnada en cada poro por la luz de la Esperanza, la misma que sostiene a propios y ajenos sobre los brazos de Dios.