Burladero | Murillo y la petalá

Estimado, amable y fiel lector. Hoy he tenido una revelación inimaginable, tanto que me ha recordado al éxtasis de Santa Teresa de Jesús o a la apoteosis de Santo Tomás de Aquino, salvando las distancias.

Le cuento con detalle. Estaba pasando una tarde apacible, tranquila y al mismo tiempo apasionante entre una de las mejores opciones culturales que propone Sevilla durante todo el año pero fundamentalmente en estas fechas, el Museo de Bellas Artes.

La pinacoteca sevillana ofrece cinco salas donde dejarse seducir por diferentes estilos, autores y temáticas de distinto calado, predominando la pintura y escultura religiosa.

Y allí yo plantado, anonadado con la temperatura gélida de las salas, otro de los alicientes del Bellas Artes en estas fechas, cuando entré en la sala dedicada a Roelas, Zurbarán o Murillo que también fue la iglesia del Convento de la Merced donde se sitúa el museo.

Dicho lo cual, miraba a un lado y a otro sin poder articular palabra a pesar de conocer prácticamente de memoria cada una de las obras del mencionado habitáculo.

De repente, llego a la zona de la cúpula, y me siento para admirar una de las joyas de la corona, el “Jubileo de la Porciúncula” de Murillo que a su vez formó parte, hace unos siglos, del fabuloso altar mayor del Convento de Capuchinos.

Y en ese momento, viendo esa grandiosidad de lienzo, el aura celestial, el diálogo de las imágenes y la perfección de la escena, se encendió la bombilla.

El jubileo cuenta con una parte superior, con el Señor y la Virgen María en el cielo, y otra inferior con San Francisco y unas flores que caen sobre el religioso de Asís.

Ahí fue donde lo tuve claro como el agua que bebo a cántaros desde principios de junio: Bartolomé Esteban Murillo fue el inventor de la petalá.

Sí sí, han leído bien, no es ningún delirio. Mire usted el Jubileo de la Porciúncula y dígame si el hombre no está curtido en el ancestral arte de tirar las flores desde un balcón.

Yo estaba contemplando la pintura y no sabía si la petalá, o mejor dicho la floreá con el tallo entero, iba dirigida a San Francisco o a la Esperanza de Triana en la calle O’Donnell.

Hasta la separación de cada flor es natural en esta obra, creando un efecto de lluvia floral que nada tiene que envidiar a la de la Trinidad en la campana cada Sábado Santo.

Y es que dice el refrán que no te dormirás sin saber algo nuevo, y hoy, tras haber soportado a los presidentes de la petalá en las distintas localidades, tenemos al único y genuino inventor.

Iremos practicando con las cajas de pétalos para el agitado fin de semana eucarístico que nos espera, y para la vuelta de la rosa de oro, la Esperanza Macarena, que se repondrá al culto mañana tras las labores de conservación del profesor Arquillo.

Todo esto y mucho más lo comentaremos el próximo viernes en nuestra atalaya. Hasta entonces, pase una buena semana.