Estimado, amable y fiel lector. La Sevilla rociera traslada este fin de semana sus posaderas a las marismas de la Mare de Deus del sur peninsular y parte del extranjero, llamada popularmente la Blanca Paloma (The Dove en inglés).
Me viene a la memoria la voz profunda y envolvente de San Juan Pablo II desde el balcón de la ermita almonteña gritando “Que todo el mundo sea rociero” en 1993.
Han pasado 32 años y parece que el mensaje ha calado en los corazones extasiados por la mirada serena de la Virgen, consagrándose en 2024 más de 1.000.000 de personas en el centro de la piedad popular mundial cada Domingo de Pentecostés.
Le voy a ser sincero, querido lector: no soy rociero, ni me gusta ni entiendo toda la carcasa que lo envuelve.
Yo prefiero rascar la madera como el restaurador, y descubrir la policromía original de ese milagro anual llamado Rocío.
Pues más allá de las noches de camino, de paseo polvoriento por las arenas, del bautizo en el quema y las noches al raso o al abrigo de la sufrida carriola, hay otra cara absolutamente desconocida y desvalorada.
Esa cara es el silencio. El grito callado de aquel devoto de la Madre de Dios que, enfermo de esa bomba nuclear de seis letras que no me atrevo a verbalizar, llevó un mensaje de fuerza y entereza hasta su último aliento.
Hablo del silencio de aquel rociero o rociera que este año no puede ir a verla porque no hay dinero, no hay trabajo, la salud no acompaña o las circunstancias no lo permiten, pero tiene el corazón en cada varal que cobija a la reina de las marismas.
Me estremece el rugido silente de quien el año pasado iba a ver a la Virgen con su madre, su hermano o su hija, y este año ya no están. El dolor se convierte en vara de caña a la que abrazarse para llegar a las plantas de la señora, y allí, frente a ella, romper a llorar como un niño en el regazo de quien le dio la vida.
Y me hace arrodillarme el silencio respetuoso, discreto y protector de cada policía, guardia civil, sanitario o bombero que velan, con una dosis colosal de trabajo y sacrificio, para que todo salga perfecto y la única protagonista sea ella.
Por todos esos trozos de Rocío que hablan sin emitir sonido alguno, tiene sentido soñar con ser romero, con la margarita de los parajes onubenses que acercan el alma hasta los ojos de la Virgen y esquilan las emociones hasta limpiar todo tu ser para que el lunes a media tarde, cuando todo haya acabado, se puede romper el silencio y decir, igual que San Pablo: ¡Que todo el mundo sea rociero!





