Burladero | ¿Y si votamos todos?

“Y así es como el cambio sucede. Un gesto, una persona, un momento a la vez” decía la escritora americana Libba Bray. Su definición, convertida casi en certeza, es el reflejo de la historia, de observar cómo se producen las transformaciones con el paso del tiempo, ya sea en el ámbito personal, social, político o cultural.

Estimado, amable y fiel lector, en esta víspera de votaciones en Andalucía empezamos a calibrar los juegos de poder en unos comicios que marcarán también la agenda cofrade del resto de mayo y de todo el mes de junio: las elecciones al Consejo.

El martes se daba a conocer a los medios de comunicación el proyecto de Carlos López Bravo, el único candidato que hasta la fecha ha desvelado oficialmente las líneas maestras de un hipotético mandato al frente de la institución.

Las preguntas clave giraron en torno a la reforma de la Carrera Oficial y la masificación de nazarenos, pero aún no se ha puesto sobre la mesa un melón que, a estas alturas de la película, resulta necesario abrir.

El meollo de la cuestión es el sistema de votaciones. El presidente del Consejo es elegido por los hermanos mayores de las corporaciones de Penitencia, Gloria y Sacramentales. Los mandatarios, a su vez, deciden el voto de manera personal y privada, amparándose en el respaldo que aseguran tener de sus hermanos.

Sin embargo, ¿qué apoyos reales tiene un hermano mayor para las elecciones del Consejo? Probablemente, mínimos, pues únicamente su círculo más allegado conoce la papeleta seleccionada, la cual termina decidiéndose muchas veces en función de simples conveniencias mutuas.

Dicho esto, ¿qué ocurriría si se modificara el sistema de elección para que votásemos directamente los hermanos de cada una de las corporaciones?

Esta petición probablemente terminaría sumergida en las tibias aguas del Guadalquivir, pero supondría una participación mucho más justa, equilibrada y representativa.

La idea pasaría porque las cofradías celebrasen cabildos extraordinarios y se decidiera, por ejemplo a mano alzada, el candidato al que posteriormente debería votar el hermano mayor. Y junto a ello, también los abonados a las sillas, que igualmente tienen derecho a elegir al presidente y a su junta superior.

Si esta hipótesis llegara algún día a materializarse, ¿tendríamos una decisión distinta? Rotundamente sí. Probablemente nos llevaríamos todos una sorpresa tremenda. El sistema sería mucho más equitativo, menos encorsetado, favorecería una participación verdaderamente real y limitaría considerablemente el poder que actualmente concentran los hermanos mayores.