Hay ocasiones en las que este nazareno siente soledad al caminar con su cirio en el cuadril. No siempre los pasos que se dan cuentan con el acompañamiento de los hermanos, y pareciera que la procesión es individual. El nazareno no siempre va en fila con los demás… o los demás alineados con este nazareno.
Bajo mi cubrerrostro soy testigo de la profusión de salidas procesionales que este mes de octubre y el subsiguiente de noviembre llenarán las calles de nuestra ciudad, al igual que está sucediendo en poblaciones vecinas, de mayor o menor cercanía o lejanía.
Pareciera que hay un déficit en el balance sentimental del cofrade por estos meses de sequía de emociones externalizados; una necesidad de recuperar el tiempo perdido organizando salidas extraordinarias, procesiones de acción de gracias, rosarios matutinos o vespertinos, bendiciones y coronaciones postpuestas… un sinfín de ocasiones, con más o menos justificación o motivo, que están sirviendo y servirán para ofrecer la oportunidad de desenrollar costales envueltos en fajas, para desempolvar metales y percusiones, para enfundarse uniformes y, en definitiva, para darle todo el boato y magnificencia que la salida de unas Imágenes Sagradas a la calle debe tener. Pues, es muy importante que Jesucristo o su Bendita Madre salga a nuestro encuentro en las calles de nuestras ciudades, no cabe duda de ello.
Mas, ¿no estaremos cayendo en un pecado de vanidad y egocentrismo al querer que la montaña venga a Mahoma? No tratándose de la mejor de las metáforas, ¿no sería más lógico, correcto y natural desde todo punto de vista que fuese el profeta quien fuese a la montaña?
Voy a intentar explicarlo para que todos los cofrades sean capaces de entrar en el objetivo de esta reflexión (porque hay ocasiones en los que este nazareno puede conversar con otros penitentes y el nivelito…)
Seamos sinceros. ¿Qué porcentaje de valor le damos en estas salidas procesionales al mensaje evangelizador que la presencia de la Sagrada Imagen tiene ante los que la contemplan? ¿No es más cierto que de lo que están deseosos y ávidos los cofrades es de volver a oler el incienso en nubes que semiocultan a Nuestro Señor, o de oir el rachear de zapatillas al son de marchas que hacen bailar a Nuestra Madre?
Con esto quiero hacer ver que quizás, y sólo quizás, estamos posicionando en nuestra escala de valores aspectos y circunstancias que no deben ser las de mayor peso.
¿Cómo podemos pedir al Señor que venga a vernos si no nos hemos dignado a acudir a su Casa durante todo este tiempo de ausencias y carencias espirituales y emocionales? ¿No debemos ser los cofrades, los cristianos, los católicos, quienes acudamos a venerar las Imágenes y, sobre todo, a adorar al Santísimo que está en el Sagrario?
Así estamos presenciando calles repletas de gentes extasiadas ante unas andas, parihuelas o pasos. Pero qué difícil es de ver ese éxtasis en la contemplación íntima de Dios en una iglesia.
Y aún nos preguntamos por qué la Iglesia se ha retrasado tanto en autorizar, o simplemente en ver con buenos ojos, las salidas procesionales y las muestras de culto externo que tanto demandaban hermandades y cofradías.
Para que nos demos cuenta de lo alejados que en muchas ocasiones están Iglesia y Hermandades, quisiera dar una pincelada para la reflexión (y así ya tengo tema para próximas miradas bajo este cubrerrostro): ¿no caemos en la cuenta de que la Iglesia Católica y las Hermandades y Cofradías de Penitencia transmitimos mensajes distintos?
Vuelvo a explicarme. Los cofrades veneran la Imagen sangrante, dolorida y próxima a la muerte en la Cruz, cuando no el momento en que ésta ya ha llegado. Los cofrades dirigen sus oraciones a un Señor muerto. Y la Iglesia dirige sus oraciones a un Dios vivo, a un Señor que ha resucitado de esa muerte en la que los cofrades fijan su corta mirada.
El cofrade es barroco, es sangriento, gusta del sufrimiento. La Iglesia mira a la Luz de quien resucitó y vive en la Gloria.
Son intereses no contrapuestos, pero que miran a distintos mensajes. Si hasta las hermandades de Gloria son consideradas de otro nivel por el cofrade rancio…
Voy a bajar mi cirio por hoy, no sea que a alguien se le ocurra quitármelo y partírmelo en mi capirote. Pues no a todos les gusta escuchar esas verdades que nunca se dicen, pero que siguen ahí dentro, bajo la túnica.
Dios te espera siempre en esa iglesia vacía. Es más, cuanto más vacía se encuentre su casa para ti, mayor atención te prestará.
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