El capirote | Los personajes que nos dejó la restauración

De la restauración de la Macarena hemos conocido prácticamente cada paso desde que saltó a los medios aquella intervención nefasta que originó una polémica que tardará años en olvidarse. Aunque, más bien, no comenzó el lío con la publicación en los medios sino con los propios vecinos que, deseosos de ver cómo había vuelto la que reina cerca del arco, se apresuraron en acceder a la basílica y salieron de aquella manera.

El resto ya lo conocen, porque hemos tenido tertulias que no han parado de contarnos cómo ha ido evolucionando uno de los capítulos más tristes de la vida reciente de una corporación tantas veces centenaria. Radio, prensa, televisión e Internet. No ha faltado medio que no aborde un tema que hubiera restado relegado a espacios secundarios sino fuera porque quien regresaba con unas pestañas XXL y una mirada que no era la suya era precisamente la Virgen de la Esperanza.

Cuando regrese se convertirá nuevamente en tema de debate. Aparecerá en informativos y en las páginas centrales de los rotativos, será portada en medios digitales, como aquí. Volverá a estar en su camarín, según me cuentan, recordando estampas de hace décadas. Será la dolorosa más reconocible, la Niña de San Gil.

Mientras tanto, los meses han ido sucediéndose y la polémica ha sido abordada desde distintos prismas. Hemos aprendido, analizado, cambiado de opinión conforme conocíamos más datos. Por unos instantes nos hemos dejado llevar por la sinrazón y hemos pensado lo impensable. Por otros, hemos actuado con cordura. Hay quienes han puesto sobre la mesa las formas de una restauración más que fallida y quienes nos han abierto los ojos con su sabiduría.

Pero, como el mundo de las cofradías, no es tan ajeno al de la sociedad actual, también nos hemos encontrado a personajes que lo único que han querido ha sido subirse al carro, hacerse famosos a costa de un libro que nadie querría haber leído, de una devoción que traspasa fronteras.

Estos especímenes no son nuevos. Los conocíamos desde hace años, pero vieron que la polémica era tan sustanciosa que no cesaron en su empeño de convertirse en nuevos colaboradores televisivos. A Jorge Pulgar lo vimos encabezando una manifestación para pedir responsabilidades en la puerta de la basílica. Él, al que solo conocíamos por verlo en algún besamanos y por un montaje que hizo de su rostro con la corona de espinas y parte del rostro del Señor de la Sentencia -viva la doble vara de medir- recibía cual estrella a cada medio que se acercaba a las puertas del templo. Afirmaciones como que la Macarena es la Beyoncé de Sevilla o que él mismo es la Anna Wintour de la Semana Santa hispalense -enséñale a la antigua jefa de redacción de Vogue tu foto en una piscina con bañador y tacones a ver qué opina- son la más clara evidencia de que la restauración de la Virgen pasó a un segundo plano cuando semejante individuo vio una alcachofa ante sus ojos. Por cierto, el redactor, a pesar de ser extranjero, seguro que pensó lo mismo que yo al leerte. Y que tantos otros.

Pero, no contentos con eso, descubrimos que detrás de una conocida cuenta de Instagram se encuentra un hombre que hemos visto en Semana Santa removiéndose entre el público para llegar delante de los pasos, tomar dos fotos y salir corriendo. Así, sin pedir permiso, el mismo que nos empujó a un grupo de amigos mientras veíamos Las Cigarreras por la calle San Fernando es ahora un señor, Miguel Velasco, al que le ponían cara los que no sabían quién era. Otro, que tal baila, que ha soltado por la boca barrabasadas varias contra Jesús Romanov, consigue ahora lo tanto ansiaba, tener unos minutos en televisión, verse y reconocerse y gustarse. Sentado al lado de quien ha dicho algunas perlas, que pueden buscar en su cuenta. Porque, una cosa es una crítica y otra despotricar hasta el punto de no tener límites. Pero una vez alcanzada su triunfo, pensará que le valió la pena lo que en otros tiempos soltó.

Llegados a este punto cabría tan solo esperar que la Esperanza regrese más guapa que nunca. Que nos centremos en lo importante y que, estos que van de macarenos de pro, se queden en sus casas o se acaben difuminando entre la muchedumbre porque, a la vista está, no tienen nada nuevo que contarnos.