¿Qué es una procesión? Te lo pregunto a ti, paciente lector, porque este que escribe se plantea en numerosas ocasiones cuál es el sentido que tiene. ¿Procesionamos por devoción? ¿Lo hacemos para manifestar nuestra fe? ¿Tomamos las calles por costumbre? ¿Repetimos las salidas por un mero interés social? Las preguntas no son ociosas y responden a una cuestión mucho más profunda: ¿Por qué hacemos lo que hacemos?
Conocemos bien, casi tediosamente, la típica respuesta a esto: procesionamos para catequizar, como en aquellos siglos finales de la Edad Media en que las imágenes transmitían un mensaje evangelizador. El pueblo era analfabeto en su mayoría, no tenía acceso al Evangelio y, por tanto, había que transmitirles la Buena Noticia a través de representaciones. Todo ello para que entendieran aquello que de palabra decían creer.
Pero estamos en el siglo XXI, ha llovido demasiado desde aquellos tiempos y parece que la labor catequética está estancada. Si gran parte de los fieles conoce grosso modo la vida de Jesús, y otra parte al menos tiene conocimientos básicos sobre ella; si parece que ya no es necesario representar nada, pues cualquiera puede coger una Biblia y leer por sí mismo la Palabra de Dios, ¿por qué procesionamos?
Aquí viene la respuesta alternativa: para dar mayor gloria a Dios mediante el culto externo. Pero, ¡ay amigos!, topamos al fin con la piedra que nos hace trastabillar. ¿Celebramos en profundidad y con la debida conciencia lo que un acto así significa? No me cabe de duda de que hay hermanos que sí lo hacen, quienes, más allá de la circunstancia, lo externo y lo pomposo, llegan a acariciar las sutilezas religiosas que ese acto público encierra.
Durante el retorno de Nuestra Señora de la Merced a su sede canónica, han podido contemplarse carteles en donde se leían fragmentos de la anunciación. Son referencias bíblicas que entroncan con la liturgia y que, además, sostienen muchos fundamentos teológicos. Sin necesidad de entrar en grandes cavilaciones intelectuales, la devoción popular muestra con sencillez los misterios de nuestra fe. Los feligreses y devotos toman la doctrina de la mano y la exhiben como piezas aún más lujosas que el oro y la plata. He ahí, quizás, la razón de que existan todavía las procesiones.
Por tanto, tal vez la motivación sea ampliar aún más la lex celebrandi, es decir, aquella que celebra lo que creemos y que tiene su principal sostén en la vida sacramental de la Iglesia. Las procesiones, debidamente entendidas, extienden en el tiempo esa acción, especialmente la eucarística, centro y culmen de toda nuestra vida.
Fuera de esto, todo sobra. Debemos borrar definitivamente de nuestra mente y de nuestro corazón la idea de que las procesiones son meros espectáculos u ocasiones de entretenimiento social. Más aún, debemos desterrar sin miramientos la pretensión de salir a la calle por cualquier razón aparente. En otras palabras, la mejor celebración en la que podemos participar los cofrades es la misa, siendo la Eucaristía su eje. Después, vendrá lo demás. Si nosotros, que decimos creer, obviamos los sacramentos y nos aferramos solo a lo externo, si abandonamos la vida de celebración eclesiástica y solo nos alimentamos de lo mutable y aparente, entonces caemos en lo banal. Y, así, no habrá nada que celebrar.
Pero, claro está, esto también ocurre. Así, pues, las procesiones no parecen responder a esa motivación antes planteada, y se circunscriben con demasiada afición por parte de algunos cofrades a lo estético, a lo folclórico, a lo bullicioso y, en definitiva, a todo aquello que se aleja de su fin original. Salimos porque hay que salir, porque el paso está muy bonito en la calle, porque me gusta ponerme un costal o lucir una túnica… Porque todas esas cosas son tradiciones y, aunque para muchos ya no tengan un sentido profundo, siempre se han hecho y es necesario repetirlas. Porque más de uno sale sin saber siquiera qué es la fe, cuál es el significado de tal o cual advocación y otras mil quinientas razones que no es necesario comentar. En resumen, lo banal triunfa en demasiadas ocasiones.
Creo que la pregunta que he presentado al principio está ya más que justificada. En tus manos dejo ahora, estimado lector, su respuesta. Por mi parte, solo tengo clara una cosa: igual que la fe sin obras está muerta, procesionar sin comunión eclesial es un completo absurdo.





