En Sevilla se libra una guerra santa, aunque esta vez no se combaten dogmas ni herejías, sino bordados. Sí, bordados. El gremio de arte sacro ha decidido enfundarse la armadura contra los talleres pakistaníes, erigiéndose en cruzado de las esencias y guardián de una tradición que, al parecer, solo ellos abanderan, cuando no representan a todos los artesanos ni a todos los artistas sevillanos. Aunque algunos jueguen al engaño como lo hace la izquierda cuando dicen hablar en nombre de «la gente» o «el pueblo».
El discurso suena solemne, incluso heroico, aunque, en realidad todo se reduce a una verdad mucho más prosaica: defender el pan, la pasta, el negocio. Un objetivo absolutamente legítimo, que no necesita ser enmascarado. Díganlo a pecho descubierto, no pretendan engañarnos. Y como en toda contienda, han acudido a la llamada los políticos de turno: Ayuntamiento de Sevilla, Junta de Andalucía y demás entes que se alistan en cualquier bombardeo siempre que entiendan que “beneficia a la mayoría de la ciudadanía y/o que puede reportar beneficios electorales”. Exactamente así. El oportunismo, ya saben, es también un arte, aunque mucho menos sacro.
Lo grave no es la defensa del trabajo propio, sino el coro de mantras que se repite con cadencia de procesión solemne y que nadie parece osar cuestionar. Se nos insiste, hasta la extenuación, en que lo extranjero amenaza lo autóctono. Que lo de fuera es indigno. Que lo de aquí es intocable. Y así, a golpe de titulares y de proclamas, se nos quiere convencer de que el único modo de honrar a la Virgen es pasando por caja en determinados talleres.
Pero vayamos por partes: nadie discute la excelencia de muchos bordadores andaluces. Muchos, insisto. Porque si abrimos el melón, descubriremos que también hay talleres mediocres, inflados por campañas publicitarias generosas, cuyas obras no merecerían ni el escaparate de tercera. Ahí está la trampa: se confunde la defensa de la calidad con el blindaje de un oligopolio.
La verdadera cuestión no es la aguja ni el hilo, sino la libertad de mercado. Esa palabra maldita que algunos socialistas de salón, bordadores y predicadores incluidos, prefieren borrar. Libertad significa que cada hermandad, cada devoto, puede decidir dónde comprar. Y si alguien prefiere gastarse menos porque no alcanza las cifras mareantes que cobran ciertos talleres, está en su perfecto derecho. Nadie tiene por qué vestir a su Virgen de terciopelo desnudo porque así lo exija un artista con ínfulas de pontífice.
Lo irónico es que quienes se envuelven en la bandera de la tradición callan, curiosamente, cuando descubren talleres con trabajadores en negro, materias primas de procedencia tan oriental como algunos bordados o cuando se trata de la competencia desleal que suponen los talleres de determinadas hermandades de los que algunos también sacan tajada. Y ni hablar del IAPH, ese organismo dopado con dinero público que juega con ventaja en un mercado que dice defender. ¿Dónde queda la pureza y la defensa de los talleres tradicionales entonces?
En democracia, la palabra es clara: libertad. Y libertad significa que una hermandad puede bordar en Sevilla, en Karachi o en Katmandú si le viene en gana. Que nadie se equivoque: hay talleres en Andalucía que son auténticas joyas, pero también hay auténticas basuras. No todo lo que reluce es oro, ni siquiera el pakistaní.
El problema es que desde los púlpitos mediáticos, financiados con generosidad y con viajes institucionales a Roma o Bruselas, en ocasiones pagados con el bolsillo de todos, se pretende dictar qué es lo correcto. Y se hace con una arrogancia insultante, disfrazada de defensa cultural, que cada vez engaña a menos incautos. Una arrogancia y un discurso que, por supuesto, no todos comparten. ¿Se han parado a pensar por qué son siempre los miembros del harén los que hablan sobre este asunto, mientras otros prefieren no entrar en una guerra que ni entienden ni comparten?
Sí, defender lo propio es respetable. Pero igual de respetable es que una hermandad compre donde le salga de las narices. Y quien crea que puede frenar el avance de los talleres pakistaníes que tome asiento y espere: la historia demuestra que si algo hacen bien los orientales es copiar, perfeccionar y mejorar. Tiempo al tiempo. Entonces, cuando los bordados de Lahore rivalicen en calidad con los que se hacen a orillas del Guadalquivir, algunos descubrirán lo evidente: que no se le pueden poner puertas al campo, y mucho menos al campo de la libertad.





