Hay prácticas que, pese a su evidente bajeza moral, se han convertido en moneda corriente en la vida pública. Señalar con el dedo para que otros ejecuten. Es el recurso del cobarde, del mafioso, del que carece del valor suficiente para actuar y necesita que alguien lo haga por él. El dedo acusador crea la diana, y los fanáticos —voluntarios o manipulados— lanzan las piedras. No es un mecanismo nuevo. Hubo quienes hicieron de este método una práctica común durante décadas —algunos lo pagaron ante los tribunales y otros quedaron impunes—, señalamientos que se traducían después en una bomba lapa o en un tiro en la nuca, que no eran retóricos: eran sentencia de muerte. Hoy, algunos de estos cobardes se permiten aleccionar moralmente a los ciudadanos desde algún que otro púlpito putrefacto. O más recientemente, con quienes pusieron en la diana a un tal Charles James Kirk, desconocido para muchos en estos lares hace tan sólo unas semanas y ahora tristemente conocido por todos. Algunos de sus señaladores siguen haciendo escarnio público de su asesinato. A estos niveles ha llegado el estercolero social que nos ha tocado penar.
Cierto es que en otros casos las circunstancias difieren y las consecuencias no son tan brutales, pero la lógica es la misma. Se señala, y otros ejecutan. En este caso no con plomo ni explosivos, sino con insultos, escarnio público y linchamiento digital. La víctima más reciente: una hermandad sevillana que ha cometido, según algunos, el intolerable pecado de aceptar un regalo adquirido donde le dio la gana a quien lo pagó. Semejante herejía ha provocado el desgarro de quienes confunden libertad con obediencia ciega al pensamiento único.
Entre los ofendidos se encuentran artistas temerosos de que su negocio se resienta, políticos siempre prestos a subirse al carro de la demagogia barata y opinadores profesionales que no distinguen entre crítica legítima y acoso organizado. Y, de nuevo, lo de siempre: unos señalan y otros ejecutan. Por ahora, con improperios. De momento no hay pintadas ni escraches a las puertas de la hermandad, pero el hostigamiento es ya nauseabundo, miserable, infame. Del mismo modo que se empiezan a marcar negocios judíos por los cuatro puntos cardinales de este basurero que seguimos llamando mundo, ya no descarten absolutamente nada. Ya hemos presenciado pintadas bochornosas en los muros de algún que otro templo, de modo que ya veremos si la escalada de violencia termina siendo incontrolable. En cualquier caso, y pase lo que pase, el hedor moral de esta persecución impregna a quienes la practican.
La hipocresía alcanza cotas grotescas. Quienes claman contra la “competencia desleal” de productos fabricados en Pakistán guardan un silencio sepulcral cuando se trata de talleres amparados por algunas corporaciones o de organismos dopados con recursos públicos, que gracias a esa ventaja descomunal acometen encargos que bien podrían realizar talleres privados. Del mismo modo que nadie osa preguntar por el origen de determinados materiales ni si sigue habiendo trabajadores en condiciones laborales irregulares. Cuando alguien se atreva a abrir ese melón, cuando la indignación se extienda también hacia los privilegios encubiertos y las irregularidades consentidas, entonces podremos hablar de catadura moral. Mientras tanto, lo que hay es lo de siempre: un ejército de señaladores profesionales que viven de poner dianas sobre otros. Meretrices del miedo, al servicio de quienes han visto venir al lobo y han constatado cómo peligra un trozo del rebaño y han decidido hacer lo que haga falta para salvar, de momento, su propio pellejo.
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