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Córdoba, El Cirineo, Opinión, Sevilla

Cobardes, mafiosos y matones de taberna

Tal vez sea a consecuencia del paso del tiempo y el incremento de edad que de él se deriva, aunque probablemente se vea influido, quién sabe si a partes iguales, por mi particular modo de ser. La cuestión es que el vaticinio de mis seres queridos se ha vuelto a cumplir de manera pertinaz y cada vez tolero con menos paciencia determinados comportamientos. Un cascarrabias me llaman algunos, que dicen que me he vuelto más intransigente con ciertas actitudes y, en cierto modo, reconozco que ns les falta razón.

Pero la verdad es que no puedo evitarlo, hay cosas que me sublevan y cuando ciertas acciones provienen de quienes mandan, más aún. He de advertirles, sin embargo, que nunca he comprendido que alguien que opta a dirigir una hermandad no sea consciente, o no quiera serlo, de que, en el preciso instante en que resulta elegido, se convierte en un personaje público, sometido a la crítica y máximo responsable de la hermandad a la que presuntamente ha de servir, y por ende, de todo lo que en ella se cuece. No diré necesariamente personajes brillantes, no pidamos peras al olmo, pero sí al menos dotadas de una cierta capacidad de liderazgo, no confundir con autoritarismo.

En contraste, al mando de las cofradías, proliferan sujetos grises, incapaces de aportar absolutamente nada en sus vidas cotidianas que, por consiguiente, nada aportan a sus hermandades, que intentan ocultarse y ocultar lo que hacen por miedo a asumir sus responsabilidades y que, o bien tienen fobia a tomar decisiones, o bien las camuflan escondiéndose detrás de los miembros de sus juntas de gobierno. Mentirosos compulsivos y auténticos cobardes que ocultan a quienes les rodean lo que tienen intención de hacer, o que carecen de lo que hay que tener para decirle a la cara a quien corresponde las razones que justifican una decisión tomada, cambiar de banda, destituir a un capataz o dejar de contar con un vestidor, por ejemplificar, con honradez y normalidad. La normalidad que deriva de la legitimidad de la que goza cualquier dirigente a la hora de tomar decisiones.

En cambio, hay quienes utilizan el vergonzoso recurso de culpar a sus oficiales asegurando, generalmente con cara de no haber roto un plato, que ellos jamás hubieran tomado una decisión de este tipo pero que se han visto obligados por los miembros de su junta… que ellos no querían y, en el punto más álgido de cinismo posible, que se encuentran desolados. Algunos, ni siquiera tienen agallas para telefonear al perjudicado, delegando en un segundo mientras se comenta la jugada entre los más íntimos e incondicionales, unas cuantas cervezas… y a otra cosa, mariposa.

En el otro extremo están los matones de taberna, los chulos, los prepotentes, los que van por la vida perdonándole la idem a sus semejantes, particularmente si estos semejantes han osado toserles en público cuestionando alguna de sus infalibles determinaciones. Mafiosos – hoy hablo de hermanos mayores, quienes lleven alzacuellos no se den por aludidos – y arrogantes, vanidosos, endiosados… sujetos despreciables que envían a sus secuaces a amenazar por las esquinas, que son conscientes de que existe algo que se llama educación porque en algún lugar han oído hablar de ella, que ladran desde el púlpito en que han convertido el muro de sus redes sociales y utilizan como arte de destrucción masiva el insulto, la bravuconería más zafia y, en ocasiones, el recurso del expediente y la reprobación pública, amparada en la impunidad que les otorga tener los cabildo dominados a través de un puñado de costaleros o músicos, convirtiendo sus hermandades en un saloon del salvaje oeste.

Ambos personajes son extremadamente nocivos para sus hermandades, para el universo cofrade en general. Y no digamos cuando encontramos algún espécimen capaz de aglutinar todas estas repugnantes características, que algunos hay por ahí, con sonrisa cretina y vara de mando en mano. Entonces se logra la cuadratura del círculo y se propician estampidas de las casas de hermandad que quedan repletas de auténticos borregos que únicamente ocupan un espacio vital para servir de mano de obra gratuita, reír las gracias del líder supremo y levantar los codos para no perder el lugar de privilegio hasta que quien manda sea considerado prescindible y comiencen a tomar posiciones los tiranos del mañana.

Cualquiera que haya desarrollado parte de su existencia en el seno de una cofradía, podría relacionar ejemplos de este tipo de personajillos, lo dejo a su elección… cierren los ojos y piensen en ellos mentalmente, por un instante… sí, ese mismo… ese, cuya imagen se ha materializado en su imaginación es un tirano impresentable, un cobarde y un miserable que ha hecho siempre todo lo posible por trepar y trepar hasta alcanzar la cima de sus sueños, sin importar cuántos muertos han de quedar tirados en las cunetas… todo sea para mayor gloria de su infinito despotismo, para pasar a la posteridad porque bajo su mandato se ha bordado un manto o un palio, se ha culminado un paso de misterio, una coronación canónica o cualquier obra faraónica que carezca de importancia frente al daño irreparable de expulsar a quienes un día fueron sus hermanos de la que un día fue su casa.

Él, y otros como él, son los responsables de que donde antes existieron dos o tres candidatos se cierna el riesgo de una junta gestora o algo mucho peor. Pero no se confundan, ellos no son los únicos responsables. También lo son quienes se erigieron en sus palmeros, cómplices del erial en el que algunas corporaciones quedan convertidas; y también quienes se marcharon por comodidad dejando el campo libre a estos sujetos, o quienes decidieron que era mejor no levantar la voz en público porque “se le hacía daño a la hermandad”, ignorando la obviedad de que es precisamente guardando silencio frente a los dislates como más daño se inflige a una institución de estas características. Porque frente a la cobardía y la tiranía, solo vale una opción: la valentía de presentar batalla, remando para que nuestros hijos hereden unas hermandades limpias de cáncer, con las heridas sanadas y la libertad reconquistada…

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