Que de un día para otro pueda cambiar tan intensamente el tiempo, no es sino una señal de lo rápidamente que nuestra propia realidad puede hacerlo. Los romanos utilizaban un viejo proverbio para ello que decía «in ictus oculi», es decir, en un abrir y cerrar de ojos. Este curso tendremos la coronación de la Paz, los actos en honor al quincuagésimo aniversario fundacional del Buen Suceso y otros tantos eventos que están por dilucidar.
La agenda cofrade se va llenando y eso siempre es bueno, pues implica que nuestras hermandades tienen todavía algo que transmitirnos, más allá de los establecidos cultos y salidas procesionales. La presencia de lo cofrade en el ámbito cultural, siempre junto con lo cultual, enriquece nuestras vidas de manera insospechada mediante la divulgación de su historia, de sus obras de misericordia, de su apuesta por el arte y de su tácita evangelización. Las cofradías son, en verdad, un objeto de estudio muy interesante por toda la repercusión que tienen en la sociedad.
Lo mejor es que siguen construyendo esa misma historia en la que están inmersas, aunando un pasado, que todavía tiene que enseñarnos, con un presente que ha de asentarse. En un futuro no muy lejano, estoy seguro de que nos daremos cuenta de todo lo que las hermandades han supuesto para nuestra propia idiosincrasia, aunque algunos pretendan relativizar su valor.
Continuarán planteándose actos, eventos y proyectos, lo cual demuestra que aún tienen un hálito de vida. Pero eso no quita que las hermandades también deban atajar cuestiones internas muy importantes, que afectan directamente a su continuidad. En semanas anteriores ya hablé de la necesidad de recuperar el espíritu fraterno y el de potenciar la vida común dentro de los muros de la casa de hermandad. Esto es una cuestión capital si queremos que las hermandades sigan construyendo su presente, pues de lo contrario se marchitarán. No debemos olvidar que el germen de lo cofrade es el amor de Dios junto con los hombres en comunidad. Si la comunidad no se sostiene, el edificio se derrumba.
Más allá de estas reflexiones, nos queda disfrutar de lo que ya se ha adelantado públicamente en cuanto a actividades. Quizás logremos a través de ellas no solo transmitir una parte de nosotros a la sociedad, sino también retroalimentarnos de lo que la sociedad necesita de nosotros.
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