El Capirote, Opinión

Con la Iglesia hemos topado

Los templos abiertos son sinónimo de vida. Uno ve fluir los fieles como si fueran rosario de peticiones, cuentas que acuden al encuentro con sus devociones más arraigadas. Los templos donde hay hermandades son centros de encuentro con la capacidad de movilizar todo un barrio. Y ahí es fundamental la figura del párroco.

Desde hace un tiempo las cosas han cambiado en San Pedro. Y los movimientos comienzan a intuirse cuando las vecinas de misa diaria refieren entre sus allegados la nueva etapa de la feligresía. En efecto, no es necesario más que acercarse. La proximidad física con la parroquia me permite visitarla con frecuencia. Y desde hace meses vengo observando un cambio en el horario de apertura.

Junto a la puerta se anuncian los horarios. Siguiendo el grafismo que se observa en otros espacios sacros según directrices del arzobispado. Pero si quieren acercarse mejor no hagan caso ni a estos ni a los que se recoge en la página web de la archidiócesis porque según mi conocimiento no concuerdan. Cerradas las puertas a cal y canto. Por la tarde, en raras ocasiones he podido hallarla abierta en su horario habitual, que sería el que se corresponde con los anunciados en diversos soportes.

Recuerdo en una ocasión, al salir del trabajo, quise acercarme. Pero el retraso provocó que coincidiera con el inicio de la misa. Y tras entrar, ante las segundas puertas que permiten el acceso, permanecían cerradas. Ante estas un desconocido anuncia que la misa había comenzado. ¿Había sido testigo en alguna ocasión que ante la celebración de la misa las puertas de algún templo se encontrasen cerradas? No. Sugiriéndole que tan solo me dirigía a rezar me permite el acceso, no sin antes recordarme que no pueden tomarse fotos durante la misa –apreciación lógica que además reflejan los carteles distribuidos por el espacio–. No me había enfrentado en todos los años a una situación similar. Un instante, antes de llegar a casa, tan habitual, que en otras ocasiones habría terminado orando desde el dintel y saliendo sin hacer ruido.

En el interior, me sitúo junto a la puerta, pretendiendo molestar lo máximo posible. Y el párroco me dirige una mirada que todavía recuerdo. Siento incomodidad, más aún cuando el señor situado al otro lado, abre la puerta cuando no había pasado ni un minuto, como invitándome a salir. Quizá uno no pudo terminar sus oraciones, pero mereció la pena. El tiempo apenas transcurrió. Cuando en otra ocasión encontré a un tipo como si fuera un guardián, sinceramente pasé de largo.

Esta circunstancia no me ha pasado en ningún otro templo. Nunca, de ahí que me produjera extrañeza. Si algún vecino llega dos minutos tarde sería mejor no acudir. Y si quiere rezar unos instantes mejor hacerlo en otro momento o en otra iglesia. ¡Qué sería de aquellos que por la premura de las ocupaciones sacan un rato para acercarse a la casa de Dios! Uno es interrogado antes de entrar, inquiriendo al personal sobre su motivo para acceder. Y si tu razón es orar, aunque sea unos instantes, ni tranquilamente puede hacerse. ¿Fue casual? «Yo entré una vez y el sacerdote me echó una mirada que si hubiera sido un sanjacobo me habría derretido en cero coma».

Ahora estamos en la segunda década del siglo XXI. Con respecto a aquel final del milenio se observan cambios. Ha caído por ejemplo la asistencia a los templos. Hay que salir, buscar, acercarse al prójimo. La cuestión no es extraña si alguien se acerca por san Pedro. «Yo cuando vi la maravilla que montó la hermandad del Cristo de Burgos en su casa hermandad con la veneración de Madre de Dios de la Palma el día de la Inmaculada y luego, en cuaresma, al Cristo durante aquel fin de semana en su veneración en san Pedro…». En efecto, las cosas están cambiando.