A pesar de las innegables influencias que todavía actualmente sigue recibiendo la Semana Santa de Córdoba, muchos son los que a lo largo del tiempo han reivindicado, con gran convencimiento, el espíritu y la esencia de la celebración y los modos propios de la ciudad califal. Esa personalidad profundamente cordobesa, alejada del jaleo, del bullicio y de la ostentación en pro de la intimidad, del sentimiento estrictamente religioso, de la reflexión, de la belleza serena…
En esa línea de pensamiento, en 1971, Rafael Gago hacía alusión en un artículo a dicho sello cordobés al recrearse en el ambiente de nuestra hermosa ciudad, en “ese silencio de sus calles y plazas que parecen responder mejor a su sentido de la vida y a su espíritu recoleto, es el que recoge la identificación de la población con sus íntimos sentimientos”.
Aunque, por supuesto, el tiempo ha dejado una más que visible huella en nuestra Semana Mayor, Gago recordaba ya con nostalgia en aquella época la mentalidad de los cordobeses tiempo atrás, cuando, llegada tal celebración, les embargaba una necesidad diferente a la de hoy en día: la de apartarse voluntariamente de cualquier jolgorio o escenario superfluo. La vida se desarrollaba con mayor intensidad en el interior de las casas y en sus alabados y maravillosos patios…por aquel entonces, también en los huertos, creándose en ellos la atmósfera idónea para impregnarse del ambiente imperante y típico de la Semana Santa. Culminaba aquel sentir general con el culto rendido a las imágenes más queridas en los diferentes templos de la ciudad, cuidando, de este modo de esas costumbres que han hecho de las devociones más fuertes verdaderos símbolos cordobeses.
Entre esas prácticas no podía faltar una de la que ya hemos hablado con detalle en anteriores ocasiones: la de los altares domésticos “en los que se ofrecía el Redentor en distintos momentos de su sacrificio por la Humanidad. Los huertos, con sus flores y plantas diversas, contribuían al lucimiento del altar al que cada vecino colaboraba con la aportación de velas, paños y otros elementos de decoración”.
El silencio era, asimismo, un rasgo inequívoco de nuestra vieja Semana Santa, pues durante los siete días de rigor este llenaba de un modo especial las estrechas calles, cerrando a su paso todos los establecimientos, ya fueran casinos, centros de reunión o bares y, en algunos casos, se empañaban los cristales de determinados lugares para evitar la distracción que suponía el trasiego de personas.
El Jueves Santo, el contexto adquiría unas connotaciones aún más graves, de imponente solemnidad y completo sigilo, homenajeando de esta forma a Cristo y su personal sacrificio como salvador de la humanidad. Se desgranaban constantes saetas frente a los altares erigidos por particulares, dando lugar a escenas tan desgarradoras como conmovedoras en las que el pueblo se reunía entre respetuosos rezos para velar, durante la espesa noche, el cuerpo maltrecho de Jesús.
Despuntaba al fin el amanecer y esto significaba que había llegado el momento de “obsequiar en las primeras horas de la mañana con chocolate, jeringos y aguardiente, a los que tomaban parte en esta singular adoración al Divino Redentor”.
[…] Era la Córdoba del silencio, hecha dolor en la carne de Cristo, la que rendía su máximo homenaje en la madrugada, en la que la tradición señalaba como aquella en que los fariseos pretendían acabar con la preciosa vida del Redentor.
Aquellas costumbres populares fueron evolucionando en el correr del tiempo y ya apenas si quedan vestigios de ellas… Pero Córdoba sigue siendo la ciudad del silencio para los poetas y artistas, aunque el mundo del motor se empeñe en anularlo y hacerla tan ruidosa como otra población cualquiera.
Ese silencio que buscan todavía los miles de visitantes que desfilan por nuestras calles y que creen descubrirlo en algunas plazas y rincones más característicos en los que se remansó el tiempo y nos hace evocar remotas épocas.
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