Cuando se le pregunta al popular dominico cordobés fray Rafael María Cantueso qué le gusta más de la Semana Santa, responde siempre sin dudar: “Me gusta lo que me ha gustado siempre”. Hay, en efecto, estampas, imágenes y momentos por los que el tiempo parece no pasar.
Una de ellas es Jesús Caído: solo el avance y la mejora de las técnicas fotográficas permiten localizar cronológicamente sus instantáneas. La que aquí vemos, de hace más de medio siglo, ofrece el aspecto inconfundible que siempre que siempre ha caracterizado al titular de la hermandad de los toreros cordobeses. CÓRDOBA, 2007.
Y, en efecto, haciendo honor a ese sobrenombre que a lo largo de la historia se ha ganado a pulso la Hermandad de Jesús Caído, la corporación del Jueves Santo – al igual que toda Córdoba – recordaba hoy los 100 años del nacimiento de una figura tan señalada dentro de la tauromaquia como la de Manolete así como sus orígenes, vinculados a lugares tan emblemáticos y de marcado cordobesismo como la Calle Conde de Torres Cabrera , el entorno de Santa Marina y el antiguamente conocido como barrio del Matadero.
Con el tiempo, Manuel Rodríguez Sánchez llegó a ser un torero de renombre, admirado por todo el mundo conforme aumentaba su fama y prestigio. Prestigio que compartió que la Hermandad de Jesús Caído, contribuyendo a su auge, como ya explicamos en anteriores ocasiones, de diversas maneras. Esto fue posible, especialmente, gracias a su cargo como Hermano Mayor de la cofradía entre los años de 1939 y 1942.
Puso Manolete todo de su parte y toda su influencia a favor de la corporación de San Cayetano, aprovechando su repercusión como alabado matador de toros, que le sirvió para dejar su huella y su sello particular en la historia del toreo y en la de su ciudad natal, sin la que su vida no podría entenderse, proyectándose en aquel acusado carácter serio y algo retraído, como parte de la esencia de esa Córdoba rancia que, algunos dicen, fue la más dura y crítica tanto con él y su vida privada como con su profesión.
Así y todo, tras su trágica muerte, Manolete se convirtió en un símbolo inequívoco de Córdoba en la que marcó un antes y un después en el renacimiento y el desarrollo de nuestra Semana Santa y, por supuesto, en el coso que antaño se encontraba en Ronda de los Tejares. Esa Córdoba que veía jugar sus primeros partidos a su particular equipo en El Arcángel, hacía carreras de motos en un solicitado Paseo de la Victoria y se echaba a las calles en las noches de verano para acudir al cine al aire libre.
La Córdoba de Manolete era esa que, en su infinita intimidad y reserva, trataba de evolucionar y salir adelante tras años de gran dificultad y trascendencia en su vida, con una amplia lista de alcaldes al frente del futuro de la ciudad califal que, en aquel momento, empezaba a contar nada menos que diez nuevas hermandades en su Semana Mayor como una muestra más de esa ansiada revitalización con la que se empezaba a salir, de algún modo, del aletargamiento al que había estado sometida.





