Covite denuncia la presencia del exjefe de ETA Mikel ‘Antza’ en un programa literario de la radio del Obispado de Bilbao

El Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite) ha expresado su enérgica protesta tras conocerse que Mikel Albisu Iriarte, conocido como ‘Antza’, antiguo jefe del aparato político de ETA, conduce actualmente un espacio radiofónico sobre literatura en Bizkaia Irratia, emisora propiedad del Obispado de Bilbao. La organización de víctimas ha calificado la situación de “indecente e inmoral”, denunciando que el exdirigente etarra “se presente ante la sociedad como un intelectual comprometido con la cultura cuando nunca ha mostrado arrepentimiento” por su pasado terrorista.

Un programa subvencionado con fondos públicos

El programa, titulado “Irakurrieran” (En la lectura, en euskera), se produce bajo la coordinación de la Asociación de Escritores en Euskera, encargada tanto de su contenido como de la elección de su conductor. Según Covite, el espacio cuenta además con una subvención de la Diputación Foral de Bizkaia, dotada con 53.000 euros, cantidad compartida con otro programa radiofónico del mismo grupo.

Bizkaia Irratia, que forma parte del grupo Radio Popular, comenzó sus emisiones en euskera en 1970 bajo el nombre de Bilboko Herri Irratia, y desde 1990 mantiene una programación dirigida a todo el territorio histórico vizcaíno.

Covite alerta de una “anomalía ética”

El colectivo de víctimas ha advertido de que permitir la participación de un exjefe de ETA sin condena ni revisión crítica de su pasado criminal constituye “una anomalía ética grave y preocupante, y un desprecio a las víctimas del terrorismo”. En su comunicado, Covite subraya que Mikel Albisu fue uno de los máximos responsables de la organización terrorista, y que “no ha realizado ninguna revisión crítica ni pública de su trayectoria delictiva”.

El exdirigente etarra fue detenido en 1999 y condenado en Francia a 12 años de prisión, pena que cumplió íntegramente antes de su puesta en libertad en enero de 2019. Tras su entrega a España, Antza ha permanecido bajo control judicial por su presunta implicación en atentados cometidos durante su etapa en la dirección de la banda.

De la militancia armada a la esfera cultural

Nacido en San Sebastián en 1961, Mikel Albisu Antza inició su militancia en ETA durante los años 80, llegando a convertirse en jefe del aparato político de la banda entre 1992 y 1999. Entre los episodios que se le atribuyen figura su participación en la fuga de los presos Joseba Sarrionandia e Iñaki Pikabea de la cárcel de Martutene.

Paralelamente, desde finales de los años 70 cultivó una carrera literaria en euskera, publicando cinco libros y participando en actividades subvencionadas de fomento de la lectura tanto en el País Vasco como en Navarra. Covite ha criticado que se le permita “reinsertarse en la vida pública como referente cultural sin haber condenado la violencia terrorista ni pedido perdón a las víctimas”.

Vínculos personales y contexto mediático

Antza mantiene además una relación sentimental con María Soledad Iparraguirre, ‘Anboto’, también dirigente de ETA, que cumple condena en la prisión alavesa de Zaballa. La aparición del exdirigente en un medio eclesiástico ha añadido un componente de polémica institucional, al tratarse de una emisora dependiente del Obispado de Bilbao.

Covite considera que este hecho “trasciende el ámbito cultural” y exige responsabilidad moral e institucional a quienes han permitido que una voz ligada a la dirección de ETA se proyecte públicamente sin haber mostrado arrepentimiento alguno. Para la asociación, esta situación refleja “la peligrosa normalización de antiguos responsables de la violencia terrorista bajo una apariencia de compromiso cultural”, una práctica que, en su opinión, “reabre heridas y distorsiona la memoria de las víctimas”.

El caso de Antza no es un hecho aislado, sino que se suma a una larga serie de episodios que reflejan la connivencia o permisividad de determinados sectores de la Iglesia vasca con el entorno del terrorismo etarra. Durante décadas, numerosos sacerdotes se negaron a celebrar funerales por las víctimas del terrorismo, mientras ETA sembraba de muerte los cuatro puntos cardinales de la geografía española. Para las víctimas, la colaboración o tolerancia implícita de ciertas estructuras eclesiásticas hacia la narrativa de la banda constituye una herida moral aún abierta y un agravio a la memoria de quienes perdieron la vida a manos de la banda asesina.