A paso mudá | ¿Cuánto vale tocar tras tu hermandad?

Amador de los Ríos. Carrera oficial de la Magna

En Córdoba hay cosas que, al menos en teoría, no deberían tener precio. Tocar detrás de tu hermandad es una de ellas. Es un acto de fe, de sentimiento y de pertenencia. O al menos, debería serlo. Sin embargo, en los últimos años parece que esa idea romántica ha ido quedando en el cajón de los recuerdos, sustituida por un concepto más moderno: el de “nivel”, “caché” y “profesionalización”.

Y está muy bien —que nadie se equivoque— aspirar a la excelencia, trabajar con rigor, sonar con calidad y defender un estilo que se ha convertido en seña de identidad. Pero una cosa es la excelencia, y otra muy distinta es el postureo. Porque hay bandas en esta ciudad que presumen de ser “la banda de Córdoba”, de representar a toda una tierra, de marcar escuela. Y lo cierto es que, en lo musical, no hay duda de su calidad. El problema no está en las notas, sino en lo que hay detrás de ellas.

Resulta curioso —por no decir llamativo— ver cómo, de un año a otro, y especialmente cuando llega una Magna o una Semana Santa de las de escaparate, las filas se multiplican milagrosamente. Lo que eran sesenta se convierten en más de cien. Un ejército de músicos que aparece con la misma rapidez con la que, semanas después, vuelve a desaparecer. Y uno se pregunta: ¿cuánto de devoción hay ahí, y cuánto de contrato?

El contraste es evidente. En los ensayos duros de invierno, en los actos pequeños, en los certámenes humildes, los de siempre. Los que sienten los colores, los que llevan la bandera de verdad. Pero cuando huele a Magna, a cámaras, a vídeos en redes y a titulares… entonces llegan los “refuerzos”, los que “suben el nivel”.
Y claro, el nivel sube, sí, pero el sentido baja.

Se habla mucho del “sonido de Córdoba”, pero poco del alma de Córdoba. Porque el alma no se compra ni se alquila por una jornada. Y si algo debería diferenciar a una banda que lleva el nombre de su ciudad, es precisamente eso: el sentimiento de pertenencia, el compromiso con lo propio, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Tocar detrás de tu hermandad no puede ser una cuestión de dinero, ni de repercusión. No puede depender de si la cofradía paga más o menos, o de si el recorrido es más o menos lucido. No puede ser que el amor a unos colores dure lo que dura un contrato.

Porque al final, los días grandes pasan, los contratos se acaban, los uniformes se guardan. Pero la esencia —esa que no se puede ensayar— se queda o se pierde. Y cuando se pierde, no hay “nivel” que lo salve.

Quizás sea hora de recordar que la grandeza de una banda no se mide por el número de músicos que lleva una Magna, sino por cuántos siguen ahí cuando no hay Magna. Que el verdadero prestigio no está en sonar fuerte, sino en sonar fiel.

Porque tocar detrás de tu hermandad, cuando de verdad la sientes, no tiene precio. Pero cuando lo tiene… deja de tener sentido.