Han pasado siglos desde que la cruz era usada, por los misioneros en tierras extrañas y lejanas, a falta de un idioma en común, para señalar de forma económica y sencilla el emplazamiento de la misión, cruzando dos maderos en forma de cruz, y emplazándolos en lo alto de un cerro, o en una encrucijada de caminos, así hacían destacar ese punto, como punto de encuentro, y lugar de oración.
Junto a ella se reunían y empezaban a celebrar oficios religiosos, se daban sacramentos, y se rezaba, la simplicidad de la imagen y la sencillez de la idea nos debería de hacer meditar a todos los que en estos días vemos las cruces de una forma más, por decirlo de forma liviana, más lúdica.
En la actualidad no creo que aún quedan pueblos lejanos, donde aún se vista y lleve la cruz de casa en casa, solicitando limosna, que podía ser en forma de alimentos, de dinero o bebida, que posteriormente eran degustados al finalizar la jornada, en grupo, juntos tanto los que pedían como los que las daban.
Esto me recuerda a las Cruces de Mayo, que los pequeños realizaban y colocaban sobre un pasito pequeño, y caminaban de casa en casa, de bar en bar, reclamando una ayuda para la Cruz, ayuda que casi siempre era en forma de moneda, las más de las veces de poco valor, pero que tras una jornada de dedicación plena y a la que hay que añadir una buena caminata podía alcanzar lo suficiente para padecer un buen empacho de golosinas, refrescos o lo que fuese del gusto del equipo responsable.
He leído esta misma semana como un grupo de chavales de la calle Cidros y sus proximidades, con una improvisada Cruz, a base de puertas viejas y tablas, crearon una “Cruz mezcla de eso y paso de Semana Santa y moviéndose de Cruz en Cruz” alcanzaron unos donativos de ocho mil pesetas, de las de los años setenta.
La evolución está clara, primero señalar el lugar donde se terminará impartiendo sagrados oficios, posteriormente una forma de conseguir limosnas y algo de alimentos, gracias a las oraciones y a la caridad de los que veían una Cruz, vestida y transportada por vecinos, finalizando con una fiesta en común, donde se bebe y come las viandas recibidas, fruto de la caridad.
Hoy, nosotros celebramos las Cruces de Mayo, en los lugares donde las mismas son colocadas, aportando algo de dinero a cambio de alguna bebida, o un poco de alguna delicia de la tierra, ayudando con ello a la entidad que la ha colocado y decorado, siempre de forma vistosa, las hay de hermandades, las hay de colectivos, las hay de asociaciones, y todas bajo el símbolo de la Cruz, todas generan dinero, en todas se come y bebe, en todas preside una Cruz profusamente exornada de flores, plantas.
En todas habrá barras, para ser atendidos, mesas, sillas, farolillos, música, revuelo de manos y píes bailando sevillanas, colorido de las macetas, flores, geranios, claveles, y cientos de plantas que aromatizan el aire, aire liviano de las primeras calores de esta primavera.
Y pensar que esto empezó por la necesidad de nuestros misioneros en lejanas tierras, por su necesidad de señalar los lugares de oración, que todo evoluciona, que las cosas van cambiando, que la modernidad nos invade, y facilita nuestras relaciones, nuestras costumbres, que la modernidad nos facilita la vida, y es cierto. Pero a lo que hemos llegado es que en las Cruces de Mayo, hay una cruz, y que en esa Cruz y lugar, ya casi nadie reza.
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