La religiosidad popular ha sufrido un exorbitante auge. En su aspecto más jubiloso, representado en el fenómeno congregante de las romerías. Fenómenos culturales de carácter religioso y lúdico que muestran la identidad más acérrima de los pueblos.
El término romería, que bien pudo nacer a las faldas de Sierra Morena con tintes de planta aromática, procede del vocablo latino «romarius» que acucia a los que peregrinaban a Roma, concebida como lugar sagrado cuyo carácter ha sido impregnado en otros destinos. En España, el carácter mariano de los lugares que fueron designados divinamente para acoger devociones de la Virgen María emulan esa misma peregrinación latina como fenómeno multidimensional que evoca la mezcolanza del sentido religioso, sagrado, identitario y lúdico de cara a confeccionar un maremagnum de emociones positivas.
Pero, ¿cómo un viaje con un carácter agotador puede servir de elemento tractor de masas en una sociedad tan acomodada hoy en día?. ¿Cuál es el secreto del éxito de romerías tan multitudinarias como El Rocío o la Virgen de la Cabeza?. Quizás la respuesta sea más sencilla de lo que parece. Y es que la peculiaridad de una festividad eminentemente religiosa que busca la constante fórmula del éxito en elementos y actores muy concretos puede haber convertido una festividad de carácter autóctono en un fenómeno de masas.
La fórmula mágica mezcla elementos como la reciprocidad, en el sentido más puro de la palabra, el intercambio, el compartir, la solidaridad que provoca vivencias únicas y momentos de emoción incontrolables ante un sentimiento de pertenencia a un colectivo. La música como ente tractor y regulador de vivencias capaz de melancolizar momentos íntimos y revivirlos. En el caso de la Romería del Rocío, las sevillanas y plegarias muestran capítulos y vivencias de personas que ya han vivido el gran camino hacia la Blanca Paloma y el éxtasis del Lunes de Pentecostés, experiencias únicas para ser contadas con el sonido inconfundible de las guitarras y las castañuelas, el tamboril y la flauta. Y de la mano, la danza y el baile como entidad indisoluble a la música. Los trajes típicos, también, forman parte de ese modelo de éxito que configuran las romerías. El vestuario conforma un género distintivo e identitario de cada fiesta en el cual pueden predominar una amalgama de colores de carácter simbólico, casi poético.
Todo ello sirve de aliciente al elemento más importante de las últimas décadas en las romerías españoles, que no es otro que el turismo. El fenómeno identitario de los pueblos y sus festividades es capaz de atraer a un gran número de personas motivadas por la globalización y el auge de las redes sociales que ven en las costumbres típicas un motivo para disfrutar y compartir vivencias y rituales que conformen una imagen imborrable en la retina de quien es lo viven. Algo que deja claro que los fenómenos de masas son una motivación desafiante para continuar atrayendo cantidades ingentes de personas hacia las romerías.





