Cruz de guía | Rosario y el esplendor

El mes de octubre es una metáfora anacarada del tiempo del Rosario. Aquella advocación que inspiró a Santo Domingo de Guzmán hace más de ochocientos sigue viva y latente hoy en día en muchas de las devociones populares que persisten en nuestra tierra.

España, tierra de María, y como no de aquella que edificó las cuentas que han servido de amparo a multitud de generaciones y que dan vida al alma de un aluvión de ancianos postrados en la Esperanza.

Rosario, aquella que dio vida a la devoción legendaria que habita al final de la linarense calle Julio Burell, de un claro acento burdeos, detrás de un Cristo prendío a los sones de una melodía de más de un siglo de historia. Es allí, en la contemporánea Iglesia de San Agustín, a los pies del coro, el lugar donde se engarzan los recuerdos, donde habita su mirada buscando el consuelo al dolor que cada primavera se renueva alumbrado por el rojo amarillento de la llama y el llanto de la cera.

Es en Ella donde reside la devoción de los toreros y el sustento del cuerpo local de policía. Es en Ella donde el sevillano Garduño puso sus más henchidos ojos, lejos de su amada Sevilla, y dio forma al palio más barroco de la ciudad. Es en Ella donde Palenciano vislumbró el cobijo perfecto en un espléndido techo de palio. Es en Ella donde la diestra de Abril Vela legó su mejor puntazo.

Es Ella el motivo por lo que los linarenses claman por una presea canónicamente ceñida a su sien. Un suspiro al cielo en el décimo mes del año, preludio del mes del recuerdo, del mes de difuntos, como auspicia su sombrío manto.

Dolorosa del mes de octubre, clamor de los cielos y gozo eterno. Rosario de Linares.