Cuando el propio pastor es el lobo

En ocasiones, en muchas ocasiones, el bosque no nos deja ver los árboles.

Son muchas las cosas cotidianas, las conductas asimiladas en lo más profundo del sentir de un cofrade, que se dan por sabidas y como correctas gracias a su repetición constante (aunque nadie se pare a reflexionar sobre ellas). Hasta el punto de llegar a convertirse en dogmas y verdades únicas.

Que las Hermandades y Cofradías son asociaciones de católicos que profesan y ejercen veneración a unas Imágenes Sagradas, es algo innegable. Y como tales su relación con la Iglesia es del todo punto incuestionable. No obstante, hay quien opina que las hermandades y cofradías son asociaciones con un fin social, estético o tradicional, pero no eclesial. Y también quien sólo ve en éstas un foco de discusiones y conflictos entre los propios cofrades y hermanos. 

Como bien se pregunta el Padre Jesuíta Daniel Cuesta en su libro -de muy recomendada lectura para todos los que se sienten cofrades- “La procesión va por dentro” (ed. Mensajero), “Es posible encontrar ese ideal de comunidad cristiana de los Hechos de los Apóstoles en las Cofradías de Semana Santa? Dejemos esta pregunta para la reflexión personal de cada uno…

Volviendo a la relación que existe entre Hermandad e Iglesia, sería conveniente hacer alguna otra reflexión… y volver a intentar ver los árboles.

Las Hermandades, como grupos de hermanos reunidos con unos fines devocionales, han sabido sobreponerse a lo largo de la Historia a multitud de avatares y vicisitudes que han ido jalonando sus vidas; por encima de regímenes políticos, guerras, hambrunas y epidemias, han sabido sobrevivir gracias al tesón y las energías de quienes formaban parte de las cofradías en cada momento histórico. Y también han sabido regirse y adaptarse a los cambios que han ido surgiendo en el seno de la Iglesia: concilios, papados, doctrinas, etc. Y bajando un poco a un nivel más local y doméstico, a Obispos y Consiliarios y Directores Espirituales… vamos a pararnos en éstos.

Como establecen los estatutos y reglas de las hermandades, éstas estarán asistidas y asesoradas desde el punto de vista espiritual por un miembro del clero, quien coordina y gestiona todo lo relativo de la vida de la Hermandad con las reglas de la Iglesia y a la Fe y Espiritualidad, según establece el Código de Derecho Canónico. Así, el Director Espiritual cobra una importancia y un lugar dentro de la vida de la Hermandad, amparado por lo que establecen las propias Reglas de dicha Hermandad. Se da entonces una situación en algunas ocasiones problemáticas y generadoras de conflictos, pues no son pocos los casos en los que un párroco se ve “obligado” a despachar con los miembros de una hermandad sobre temas que, en la mejor de las ocasiones, no le importan, si es que no le molestan.

Estas situaciones hacen que el espíritu de la norma que se estableció desde el Obispado en relación al papel y a la relación mutua entre Hermandad y Parroquia, se desgaste, desvirtúe o desaparezca. Así, lo que se persigue en muchas ocasiones es que “el cura no ponga problemas”; y en esas mismas ocasiones es el propio cura quien piensa “que la Hermandad no me cree problemas”. Y unos por otros, la casa sin barrer.

Esto se traduce en muchos casos en que en algunas hermandades no exista la más mínima observancia de las obligaciones que este Director Espiritual tiene para con los hermanos: ausencia total de formación religiosa y evangelización (lo que supone un alivio para muchos “cofrades”), ausencia permanente en reuniones y cabildos siempre excusadas (lo que vuelve a suponer un nuevo alivio para los cofrades), etc.

Sin embargo, cuando llega el momento de vetar una opinión, una situación, un proyecto o cualquier asunto… resumiendo, cuando el Director Espiritual puede mostrar todo el peso del poder que las Reglas de la Hermandad le confieren, aunque sólo sea en esas ocasiones, entonces sí se inmiscuye en la vida de la cofradía; y por lo general, no para temas espirituales o de fe.

Así, quien debiera ser el pastor, el apaciguador, el bálsamo entre los hermanos, se convierte en juez y parte a la vez, y generador de conflictos que la hermandad jamás hubiera generado ni necesitado. El pastor se convierte en el lobo.

Y ese poder hay quien lo muestra cada tres o cuatro años, dependiendo de lo que establezca cada hermandad. Cuando llega el momento de cuestionar, juzgar, aprobar o rechazar una candidatura o un proyecto a desarrollar en un proceso electoral a Hermano Mayor. En ese momento, el Director Espiritual se siente poderoso y sorprendentemente implicado en la vida de la hermandad.

Mucho más triste y decepcionante es cuando puedes observar que son los propios miembros de la cofradía quienes, buscando un interés individual y personal, invocan ese poder atrayéndolo para sí, y de este modo conseguir lo que ellos persiguen. Algunos corderos son quienes abren las puertas del corral al lobo para que éste se coma a algunos de sus hermanos de redil. Eso no es una Hermandad, ni quienes actúan así merecen ser considerados cofrades.

Por si alguien se lo pregunta, la manera más fácil de ganar unas elecciones es evitar que haya más candidaturas. Y para ello, nada mejor que contar a tu favor con quien tiene que dar el visto bueno a los candidatos. Y ya se ha vivido en alguna hermandad de nuestra ciudad y de las ciudades vecinas situaciones como éstas, en las que ningún candidato es idóneo, prolongando así situaciones que debieran ser muy provisionales; o en las que sólo es idóneo el candidato que le parece al Pastor, dejando al margen cualquier otro proyecto o candidatura. Y en todos los casos, nunca por incumplimiento de requisitos o de reglas, faltaría más.

Debe haber más preocupación y dedicación de energías a la Evangelización y a la Formación Espiritual, a la ayuda al prójimo, que a jugar a intrigas personales y electorales. Pues un Consiliario no está puesto en una Hermandad para esto, sino para​orientar espiritualmente en la Fe. Y no sólo a los cofrades, sino a toda su feligresía. Es curiosa coincidencia ver que esto ocurre en parroquias e iglesias normalmente vacías en sus cultos diarios. Quizás algo se está haciendo mal desde esos púlpitos.

Quien tenga oídos, que oiga (Mateo 13: 1-9).