El Respiradero, 💙 Opinión

Cuando empieza la primavera

Estoy seguro que en nuestra tierra la primavera comienza cuando empezamos a sentir el dulce aire del tiempo de cuaresma. Y no importa que ahora mismo estemos en medio de una ola de frío.  El aire de esta semana, es medido y llega a lo más profundo de nosotros. Es el elemento que nuestros sentidos llevan buscando todo el año para satisfacer nuestro bienestar interior. Si lo alcanzas, llegarás a una dimensión sobrehumana donde todo florece como en un jardín, en una primavera prematura que no entiende de fechas porque solo se deja llevar por los sentidos que se dirigen a una nueva cuaresma. El mejor tiempo para el alma.

Desde pequeño, por este tiempo, comenzaba a sentir este aire que por aquel momento no tenía idea de lo que anunciaba. Eran los días previos a la cuaresma y me dirigía por una calle custodiada por naranjos hacia la casa de mi abuela. Desde siempre, aquí el tiempo no pasaba. Era una de las casas donde me crie y que con el paso de los años sigue conservando el mismo olor que perfuma los recuerdos de mi infancia.

Llegar a casa de la abuela es un rito. Cruzas en dos pasos el zaguán, un toque con el dedo índice al timbre, sonido de pisadas por los pasillos y en siete segundos quizás la persona que más te quiere en el mundo te recibe con un beso. Este rito se repite todos los días del año, pero hay un rito de las casas de las abuelas que solo tiene un día y puede ser el más especial.

Como una de estas tardes, aparece por primera vez el aire dulce, vuelvo a caminar por esa calle custodiada de naranjos y al cruzar el zaguán de la casa más esencial de la infancia de un niño me encuentro con las túnicas negras colgando en la puerta del salón. Es la mejor herencia en forma de tela que mi familia ha transmitido de generación en generación. Están todas, la de mi hermana, mis primos, mis titos y mis abuelos. Todas pasan de unos a otros, de primos a primos, de hermanos a hermanos. Es la pieza que identifica a generaciones de una misma sangre.

Desde pequeño, sentía un gran respeto al ponérmela. Un escalofrío recorría mi cuerpo. Y sin tener razón estaba sorprendido por una emoción que desplegaba sus alas con el tacto suave de la tela. Ésta siempre ha olido a la casa de la abuela, que es decir que la túnica huele a la infancia misma. Aquellos años hace mucho que los dejé. Pero las manos de mi abuela vuelven a entrar en contacto con la túnica y mi piel cuando para mí comienza la primavera. Ella empieza a medir y a sacar del dobladillo los centímetros que he crecido este año.

Estoy seguro que este es el momento más íntimo de la Semana Santa de todos los días del año. Es el recuerdo de nuestra infancia, la lección que hemos recibido todos los nietos, y el dolor más hiriente cuando ellas se van y echamos en falta sus manos, ahora, cuando este aire entra en nuestras calles. Porque son sus manos, las que nos confeccionaron la prenda de lujo de nuestras vidas cuando nacimos. Tan familiar que desde la primera puntada cuenta con el olor de nuestra infancia y que con ese olor y el recuerdo impregnado en la tela, llevaremos la túnica de las manos de nuestras abuelas cuando estemos listo para morir y alcanzar la gloria eterna del día grande de nuestras familias.

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