Había pasado bastante tiempo desde que Jaén había caído en manos de los cristianos. Sin embargo, los musulmanes todavía tenían bajo su mando el Reino de Granada, que caería cuando los Reyes Católicos entraran en la ciudad fortificada. Por lo tanto, Jaén era un auténtico avispero donde las batallas eran continuas. El asedio al que se veían sometidos los cristianos era tal que, tras los continuos asaltos, las autoridades se plantearon huir de Jaén, abandonando la ciudad y dirigiéndose hacia el norte de la provincia.
Desde la conquista de Jaén por parte de los cristianos en 1246, los asaltos habían venido sucediéndose casi diariamente, lo que impedía que la ciudad no solamente no pudiera crecer sino que económicamente quedara fuera del mapa comercial, padeciendo severos problemas para poder desarrollarse. También sus habitantes se planteaban huir hacia zonas más seguras, avanzando hacia los lugares más lejanos del castillo que posteriormente sería dedicado a Santa Catalina, que por aquel entonces estaba en manos de los musulmanes.
La noche del 10 de junio al 11, del año de 1430, ocurría un hecho sin precedentes, que haría que los cristianos pensasen claramente si querían huir de Jaén o continuar residiendo en la ciudad. Lo recogió Bartolomé Ximénez Patón, en el capítulo decimotercero de su obra “Historia de la Antigua y Continuada Nobleza de la Ciudad de Jaén”. Ya de madrugada, los vecinos de Jaén observaron un cortejo celestial que salía desde la catedral y que se dirigía hacia abajo, en dirección a la iglesia de San Ildefonso. Las crónicas recogen que las personas llevaban luces y que había siete personas que además portaban siete cruces. Uno detrás de otro, cuyos maderos recordaban a las que había en los templos de Jaén. Según continúan narrando, las siete personas parecían ser hombres, con vestidos largos de color blanco. Además, iban otras treinta personas vestidas del mismo modo.
Lo que más llamó la atención fue que iba una mujer que sobresalía por encima de las demás, vestida de ropas de color blanco. Más sorprendente fue que de su rostro salía un gran resplandor, que hacía que hasta los tejados se pudieran percibir como si fuera de día. Esta mujer portaba en sus brazos un niño pequeño que también iba vestido de blanco. Detrás de la mujer, más de trescientas personas, encontrándose primero las mujeres y después los hombres. Continuó el cortejo avanzando hasta que se paró ante la iglesia de San Ildefonso. Las actas recogen que además la mujer leía un libro que le había dejado uno de los acompañantes, y que los investigadores han relacionado con una obra que escribiera San Ildefonso, “De la perpetua virginidad de María”. A las 12 de la noche, cuando las campanas de la catedral tocaron maitines, la visión desapareció, quedando todo como antes de que se iniciase la procesión. Después, se levantó una capilla aneja a la iglesia de San Ildefonso, donde podemos contemplar la imagen de la Virgen de la Capilla. Allí se conservan los documentos firmados y sellados de los testigos que comparecieron por separado ante tres notarios. Curiosamente, los tres coincidieron en los hechos.
La imagen de la Virgen de la Capilla comenzó a tener tal devoción que no es extraño encontrar en los siglos venideros la talla de la imagen en rogativas, cultos etc. Incluso la iglesia de San Ildefonso, que no destacaba precisamente por ser un gran templo, comenzó a sufrir varias modificaciones debido a la devoción que despertaba la Virgen, convirtiéndose en el segundo mayor de la capital jiennense, superado solo por la catedral.
El 11 de junio de 1930, el cardenal Pedro Segura coronó canónicamente a la Virgen de la Capilla, mientras que en 1950, Pío XII la proclamaba patrona de Jaén. Sería en 1967 cuando el excelentísimo ayuntamiento le concediera los honores de alcaldesa perpetua de la ciudad. Como recuerdo de aquel hecho milagroso, uno de los azulejos que aparecen en el exterior de la iglesia nos relata la historia, dejando patente que allí es donde la Señora terminó de recorrer los metros que separan la catedral de la iglesia de San Ildefonso. Cada 11 de junio la Virgen de la Capilla recorre las calles de la ciudad del Santo Rostro, reencontrándose con un pueblo que acude diariamente hasta la iglesia donde Ella se paró, para acompañarla y contarle aquellas cosas que solo quedan entre la Señora y quien le reza.





