Esta Semana Santa tardía nos ha dejado sin esa sobremesa tan apetecible que tanto nos gusta a los cofrades. La proximidad con mayo y las cruces no ha permitido que nuestros egos se manifiesten y que youtube eche humo con visionados continuos de una y otra cofradía. Las flores de Pasión del pasado mes de abril, dieron paso a los claveles y farolillos, los costales, chaquetas oscuras y hábitos nazarenos, dieron paso a los trajes y corbatas de diferentes y primaverales colores, a vestidos de fiesta, a trajes de comunión y boda. Esta es nuestra Andalucía. Esta es nuestra tierra y así disfrutamos de ella casi sin tiempo de mirar atrás.
Mayo nos ha traído fiestas y festejos, ferias, romerías, bodas, comuniones y hasta alguna confirmación. Entre tanto festejo, algunos hemos tenido tiempo para observar hasta qué punto nuestra sociedad ha evolucionado, hasta qué punto aquello de lo que nos quejamos los cofrades en lo que se refiere al comportamiento de los miembros de nuestras hermandades en o durante la estación de penitencia, no es más que el reflejo de una sociedad en la que priman cada vez más unos valores de fiesta y disfrute, de representar hacia fuera más de lo que realmente significa hacia dentro.
Comuniones que son mini bodas, donde la preparación espiritual mínima de dos años queda superada por las celebraciones ostentosas de las mismas, bodas de carácter religioso, donde lo que más importa es el lugar de la celebración, por su arquitectura y estética, muy por encima del carácter sacramental del acto, confirmaciones que parecen fiestas donde los adolescentes dan ese paso hacia la madurez que cada día parece llegarles antes pero que realmente no alcanzan ni cuando son mayores. Celebraciones donde priman más las ropas y las relaciones con los congéneres que lo que realmente simboliza el acto.
Si miramos detenidamente, nos daremos cuenta de que al final la Semana Santa se puede estar convirtiendo en una celebración más, cada vez menos sacralizada y más festiva, cada vez más de cara a la galería, de cara al espectáculo, cada vez más lejos de unos valores que no debemos dejar atrás, pues la Semana Santa no puede convertirse en la fiesta pagana de la primavera ya que, sin un sentido y un sentimiento cristiano, la Semana Santa por muy llamativa, espectacular y nuestra que sea, estaría abocada a su desaparición.





