Érase una vez un nazareno que se atrevió a asomar la cabeza de entre el resto de sus hermanos en la fila. Sólo quiso mirar algo distinto a lo que la hermandad te impone, algo distinto a la espalda del nazareno que le precede.
Fue tan reprendido que decidió no volver a hablar. Le dejaron tan claro que cuando cuestionas algo te castigan que decidió guardar silencio. Le señalaron tanto los demás que… SILENCIO BLANCO.







