El nombre de Fray Ricardo de Córdoba se halla indisolublemente unido al de un ramillete incontable de hermandades repartidas por los cuatro puntos cardinales de la geografía cofrade. Su memoria ocupa un eterno lugar de privilegio entre los cofrades de todas las latitudes, convertido en un personaje esencial de la Semana Santa contemporánea gracias a una inagotable capacidad artística y una arrolladora personalidad, reveladas ya desde su juventud. Cada 17 de mayo, fecha en la que se marchó a la casa del padre, Córdoba recuerda la figura de este hombre excepcional.
El 1 de octubre de 1946, la popular Puerta del Rincón en Córdoba fue testigo mudo del nacimiento de Ricardo del Olmo López, quien, con apenas 22 años, ingresaría en la Orden de Frailes Menores tras realizar estudios eclesiásticos en la localidad malagueña de Antequera. Así comenzaba la vida ejemplar de este auténtico apóstol andaluz de la religiosidad popular.
Ordenación y destinos pastorales
No sería hasta la festividad de la Inmaculada Concepción de 1975 cuando Fray Ricardo recibiría la ordenación sacerdotal en una ceremonia presidida por el obispo José María Cirarda Lachiondo, celebrada ante la imagen de Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos, cuya bendición se había producido apenas dos años antes, gracias a su propia intercesión.
Desde entonces, su ministerio le llevaría a ejercer su labor pastoral en distintos lugares de Andalucía, entre ellos la barriada cordobesa de Alcolea y el Convento de Capuchinos de Córdoba, donde ejerció como Hermano Guardián, cargo que también desempeñó posteriormente en Sevilla. Su último destino fue la ciudad de Jerez de la Frontera.
Apóstol de las cofradías
Fiel a su vocación franciscana, Fray Ricardo se convirtió en una pieza clave del mundo cofrade andaluz en las últimas décadas. Su implicación abarcó los más diversos ámbitos: desde pregonero o diseñador hasta director espiritual o impulsor de hermandades. Como él mismo afirmaba: «Yo he agregado a mi vocación cofrade el ministerio franciscano junto a mi ministerio de sacerdote». Durante años también vistió a numerosas imágenes marianas, aunque esta faceta fue apartada progresivamente en sus últimos tiempos.
Su vínculo con las cofradías hunde raíces en su infancia, especialmente a través de la Parroquia de Santa Marina, a cuya collación pertenecía. Ello le permitió conocer de cerca a hermandades como El Resucitado, La Esperanza o La Paz, si bien fue la Hermandad de la Expiración la primera en la que ingresó como hermano. Fundador de numerosas corporaciones tanto de penitencia como de gloria, su huella es palpable en lugares del campo andaluz, como atestiguan la Hermandad del Císter (1976) o la Cofradía de los Dolores de Alcolea (1981).
Su extensa vinculación cofrade queda patente en su pertenencia como hermano a diecisiete corporaciones, siete de ellas cordobesas y el resto distribuidas en localidades como Sevilla, Sanlúcar de Barrameda, Jerez o Linares, ejerciendo la dirección espiritual en varias de ellas.
El arte al servicio de la devoción
Fray Ricardo también destacó por su labor como diseñador artístico, abarcando campos como el bordado, la orfebrería, las insignias y las andas procesionales. Autodidacta desde su infancia, sentía una profunda atracción por el arte barroco, a cuya tradición estética rendía homenaje con cada uno de sus dibujos. «Cuando estoy dibujando me siento espiritualmente devoto de la Virgen en sus múltiples advocaciones, se llame de la Paz, de la Merced o de los Ángeles. Siempre procuro tener en cuenta el nombre, con objeto de que el diseño responda a su propia peculiaridad», confesaba.
Entre sus realizaciones más conocidas figuran el palio de la Virgen del Rosario (el primero que diseñó), así como los de la Merced, Encarnación o el mítico diseño de las palomas de la Paz y Esperanza en Córdoba. Su influencia se extendió por toda Andalucía, siendo autor, entre otras muchas obras, de los mantos de la Virgen de la Esperanza tanto en Jerez como en Málaga.
La Córdoba cofrade, a sus pies
A partir de la década de 1970, Fray Ricardo se convierte en artífice de la revolución estética que vivió la Semana Santa de Córdoba. En ese periodo inicia una profunda amistad con el también recientemente fallecido Luis Álvarez Duarte, quien también goza de una intensa producción en la capital califal.
De verbo sincero y juicio certero, no ocultaba su preferencia por la idiosincrasia de la Semana Santa sevillana. «La Semana Santa en España tiene dos polos muy diferenciados: uno en Castilla y otro en Sevilla. Y lo que no podemos pretender es que un satélite sea planeta. Córdoba tiene su espíritu peculiar, pero formas propias no tiene; ni la Semana Santa de Córdoba, ni Cádiz, ni Jerez… éstas serán siempre satélites de Sevilla, aunque le pese a todos aquellos que me oigan», afirmaba. Sin embargo, matizaba: «Córdoba tiene el poder y el misterio de asumir incluso lo que no es suyo, haciéndolo suyo», aludiendo a los esfuerzos cofrades, espirituales y artísticos necesarios para completar su Semana Santa.
Un legado imborrable
El temperamento apasionado de Fray Ricardo no sólo marcó su día a día como fraile, sino que lo convirtió en uno de los grandes exaltadores de la religiosidad popular. Entre sus intervenciones más recordadas se cuentan el pregón del 450 aniversario fundacional de Monte-Sión en Sevilla (2009) o el pregón de la Semana Santa de Córdoba (1983). En 1989 publicó junto a Juan Martínez Cerrillo el libro «Semana Santa en Córdoba», además de otras colaboraciones literarias que agrandan su legado.
Por su intensa trayectoria fue distinguido como Cofrade Ejemplar por la Agrupación de Cofradías de Córdoba en 1993. Su entrega, su palabra y su talento hicieron de él una figura admirada y referente para generaciones enteras de cofrades.
La marcha de un alma inmortal
El 17 de mayo de 2019 se apagaba la incansable luz de Fray Ricardo de Córdoba. Caprichos del destino, al día siguiente, durante su misa funeral, tenía lugar la coronación canónica de la Virgen de los Ángeles en Sevilla, hermandad donde actuaba como vocal franciscano. «Córdoba está eternamente en deuda contigo», apuntaba su íntimo amigo, el bordador y vestidor Antonio Villar, en su despedida.
El féretro con sus restos fue conducido desde el abarrotado Convento del Santo Ángel al son de la marcha «Ángeles del Císter», interpretada por músicos de la Banda de Música de la Esperanza, composición que él mismo encargó a Pedro Gámez Laserna para la dolorosa de la hermandad que soñó y diseñó.
Su alma, en cambio, ocupa ya para siempre un lugar de privilegio en la historia de Córdoba y de sus cofradías, convertido en una figura insustituible, esencial, mítica y eterna.





