Evangelium Solis, 💙 Opinión

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”

Una semana más llega a Gente de Paz un nuevo Evangelium Solis. Hoy Jesús nos invita a centrar la mirada en ese Dios que siempre ha mostrado compasión de su pueblo y por cuya gracia hemos sido salvados.


Lectura del santo evangelio según San Juan:

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.

Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

Palabra del Señor.


Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Este es el mensaje central del evangelio, el núcleo central de nuestra fe. Dios ama al mundo de manera irrevocable, incondicional y desinteresada. Dios no cambia porque el hombre cambie. Por eso, llegada el tiempo determinado por Él, envió Dios al mundo, como muestra de su amor extremado, el regalo de su propio Hijo.

Cristo de San Juan de la Cruz | Salvador Dalí (1951) | Museo Kelvingrove, Glasgow

El diálogo de Jesús con Nicodemo expresa el significado de la entrega del Hijo de Dios al mundo como la respuesta de Dios, y del mismo Hijo de Dios, al pecado de la humanidad. Quien cree y confía en esto, da sentido de eternidad a la vida y fundamenta su esperanza sobre su propio destino y sobre el futuro del mundo.

Jesús fue levantado a lo alto de una cruz. Para una mirada exterior, aquello fue la ejecución de un simple condenado, un hecho irrelevante para la marcha de la historia. Pero el evangelio nos hace ver el sentido profundo de aquel hecho histórico. El Crucificado no es un pobre judío fracasado que muere cargado de insultos. Con Él está Dios, garantizando su total inocencia y la verdad de su causa. Un centurión pagano ve en aquella muerte lo que los expertos en Dios que la han provocado no ven: «Sin duda este hombre era Hijo de Dios».

Los evangelios, pues, nos hacen ver que la pasión y muerte de Jesús no son sólo un asesinato político-religioso que, no habría tenido mayor importancia en el destino de la humanidad, sino el momento supremo en que se pone de manifiesto la relación que hay entre Jesús y Dios, la prueba de que Dios está en él. Es Dios quien lo ha enviado y lo ha entregado para demostrar hasta dónde llega su amor al mundo. Jesús, por su parte, hace suya la voluntad de su Padre y entrega libremente su vida, revelando así hasta dónde llega su entrega por nosotros.

Más aún, los evangelios nos hacen ver en la muerte de Jesús la revelación suprema de Dios mismo, como un Dios de infinita misericordia y perdón. Israel, su pueblo lo rechaza, pero el amor de Dios no cambia, sigue ofreciendo misericordia y perdón, en virtud de la sangre de su Hijo, que sufre y muere por los pecadores, en lugar de ellos, como consecuencia del pecado que, de por sí, tendría que afectar a los pecadores que lo cometen.

Así, frente a la idea de que Dios castiga, el cristiano sabe que Dios amó tanto al mundo que llevó su amor hasta el extremo de entregar a su Hijo único, para que ninguna criatura suya en el mundo perezca, sino que tenga vida eterna. Por su parte, Jesús, el Hijo, en perfecta sintonía con el proyecto de Dios su Padre, está dispuesto igualmente a llegar hasta donde haga falta para vencer el mal del mundo y el pecado de los hombres con su amor.

Por eso Jesús entra libremente en su pasión y acepta sufrir en su cuerpo la dolorosa consecuencia del rechazo de Dios, todo el odio y la injusticia que el pecado del mundo produce. Por eso dirá: “El Hijo del hombre no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos”. “El Padre me ama porque yo doy mi vida para recuperarla. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la doy por mi propia voluntad Y tengo poder para darla y para recuperarla. Esta es la misión que recibí de mi Padre». Jesús hace suyo el don que hace el Padre al mundo, el don de su propia vida entregada.

Esto es lo que contemplamos: levantado en la cruz vemos a un Dios que quiere salvar a todos, sin excluir a nadie, ni siquiera al más abandonado y perdido de sus hijos. Dios quiere salvar al mundo, por maltrecho, desordenado e ingrato que se haya vuelto. El mundo no está solo, no hace solo su viaje por el tiempo, dejado a su propia suerte. Y nadie, por perdido que esté y abandonado, morirá solo en la tierra. Dios llena desde dentro toda soledad y abandono, toda falta de esperanza, con una presencia que comparte el sufrimiento con un amor que convierte la oscuridad de la muerte en aurora de vida. El amor vence al odio, el bien triunfa sobre el mal, el perdón redime y reconstruye.

Suscríbete

Introduce tu correo electrónico para recibir todas las novedades. 


Powered by WordPress Popup