Disonancias musicales | Más allá del pentagrama: la música cofrade como corporación

La Semana Santa de Sevilla no es ajena a la profesionalización del siglo XXI. El romanticismo de aquellas reuniones informales para cerrar el contrato de una banda tras un paso, ha evolucionado hacia negociaciones que bien podrían darse en el consejo de administración de una multinacional. Hoy en día, cuando una junta de gobierno se sienta a elegir la música para su salida procesional, la afinación y el repertorio ya no son los únicos elementos sobre la mesa. Entran en juego las economías de escala, el impacto digital y la responsabilidad social. ¿Es esto un despropósito o, simplemente, pragmatismo evolutivo?

Seamos realistas: una hermandad es una institución compleja que vive los 365 días del año. Exigirle que ignore los valores añadidos que ofrecen las grandes formaciones musicales actuales es pedirle que gestione de espaldas a la realidad. Cuando una banda ofrece compositores en plantilla para dotar a la cofradía de un patrimonio musical exclusivo, no solo vende notas; vende identidad y marca. Cuando esa misma formación arrastra decenas de miles de seguidores en redes sociales, actúa como un altavoz mediático implacable. Y si hablamos de las obras sociales conjuntas, la música se convierte en el vehículo perfecto para cumplir el fin primordial de la Iglesia: la caridad.

El purismo musical suele rasgarse las vestiduras ante este escenario, alertando de que el marketing está sepultando al arte. Es un temor comprensible, pero infundado si la gestión es madura. El error no radica en valorar estos extras, sino en utilizarlos como un «gato por liebre». La calidad musical debe operar siempre como un filtro técnico de mínimos: si una banda no da la talla en la calle, ningún plan de comunicación ni ninguna donación deberían salvar su contrato. La excelencia tras los titulares es innegociable.

Sin embargo, una vez superado ese corte de calidad, negar que los factores periféricos decantan la balanza es negar el progreso. Entre dos bandas con un nivel interpretativo sobresaliente y similar, la hermandad elegirá —y hará bien en hacerlo— a aquella que le ofrezca un retorno integral como institución. Las bandas de música actuales en Sevilla han entendido los códigos de la modernidad: se han transformado en agentes sociales, culturales y comunicativos. Exigirles que vuelvan a ser meros metrónomos humanos es no entender que la música procesional, hoy, se escribe con algo más que notas musicales.