Disonancias musicales | Silencio en el plató, música en la calle

En las últimas décadas, la música procesional en Sevilla ha experimentado una metamorfosis indiscutible. Lo que nació como un digno acompañamiento funcional detrás de los pasos se ha convertido hoy en un fenómeno de masas cultural, patrimonial y artístico. Las bandas llenan teatros, acumulan millones de reproducciones en plataformas digitales, cuidan su imagen corporativa al milímetro y ensayan con la disciplina de cualquier orquesta profesional. Sin embargo, este crecimiento musical y organizativo contrasta drásticamente con el ecosistema mediático que las rodea. Al mismo tiempo que las formaciones se profesionalizaban en los locales de ensayo, una parte de la prensa cofrade optaba por el camino contrario, importando los códigos de la televisión rosa y el debate de barra de bar.

El veredicto sobre una composición o una actuación ya no siempre se busca en la partitura, sino en el impacto del clickbait. Rumores sobre contratos que se tratan como si fueran fichajes de fútbol de última hora, filtraciones interesadas, críticas feroces que rozan lo personal y tertulias nocturnas que buscan la confrontación directa para rascar interacciones en las redes sociales. En este escenario, las bandas se encuentran ante una encrucijada peligrosa: entrar al barro mediático para defenderse o mantener una distancia prudencial que proteja su prestigio.

El error más común en el que caen algunas formaciones —o sus componentes a título individual— es morder el anzuelo. Cuando una banda baja a las trincheras digitales para desmentir un bulo, responder a una provocación de un micrófono o justificar una decisión interna ante un tertuliano, lo único que consigue es dar de comer al monstruo de la polémica. Entrar en ese juego no democratiza a la banda; la devalúa. Equivale a cambiar la solemnidad del uniforme por el chándal del tertuliano de sobremesa, rebajando una institución musical de años de historia a la categoría de un simple meme de X (Twitter).

Las bandas de hoy no pueden permitirse ser rehenes de una prensa que a menudo busca el salseo antes que el análisis musical. Si las formaciones exigen —con razón— que se las trate con el respeto que merece cualquier entidad cultural seria, deben ser las primeras en actuar como tal. Esto implica adoptar una comunicación puramente institucional: comunicados oficiales escuetos cuando sea estrictamente necesario, portavocías únicas y un rechazo frontal a participar en programas cuyo único motor es la crispación y el enfrentamiento entre colectivos.

El verdadero patrimonio de una banda no se mide en el número de minutos que un programa de radio le dedica a sus rumores de contrato, sino en su afinación, en la madurez de su repertorio y en el comportamiento señorial de sus componentes en la calle. Es comprensible el impulso de querer defender el honor de un escudo cuando se es objeto de una crítica injusta o malintencionada, pero la mejor respuesta siempre se da sobre el escenario o tras un paso.

Sevilla es una ciudad que devora con rapidez sus propios mitos y que adora la polémica estéril. Por eso, el mayor acto de rebeldía y de madurez que pueden cometer nuestras bandas en la actualidad es el silencio mediático. Ha llegado la hora de marcar una línea roja, de dejar los platós vacíos y de recordar a quienes buscan el barro que el prestigio de una formación musical se gana exclusivamente a base de corchea, sudor y compás. Menos ruido en los micrófonos y más música en la calle.