La vara del pertiguero, 💙 Opinión

Dulía, latría y otras cosas

Aunque es nuestro custodio, muchos cordobeses denominan inocentemente a san Rafael como patrón de la ciudad. Esta imprecisión se tolera en tanto que el santo arcángel, que curó a Tobit de su ceguera con las entrañas de un pez —de ahí su simbología—, tiene una vinculación muy especial con Córdoba, hasta tal punto que su devoción ha perdurado durante siglos. Muchos lugares famosos de la ciudad llevan su nombre, por no hablar del número de Rafaeles y Rafaelas que nos podemos cruzar por las calles. Por eso merece toda consideración no solo en estos días, próximos ya a su festividad, sino también en diversos momentos de la historia de nuestra ciudad.

En relación con esto, hace poco leí en una red social una opinión muy interesante sobre las devociones tradicionales, poniendo el foco en el caso cordobés con las Vírgenes de la Fuensanta y de la Salud. En resumen, aquella persona venía a reivindicar el valor histórico-cultual de sendas imágenes y se lamentaba de que actualmente no recibieran un trato acorde con este, sobre todo en casos de necesidad social. Aquí se entiende que la principal razón sería la dichosa pandemia que aún sigue vigente, aunque se podría extender a otras situaciones.

Estas cuestiones se relacionan con la historia misma de la conformación, desarrollo y atenuación de las distintas devociones que, a lo largo del tiempo, han existido en la cristiandad. Entrar en detalles sería demasiado farragoso, de modo que me contentaré con parafrasear las palabras de fray Julián de Cos (2016) acerca de la espiritualidad humana que, a su vez, entroncan perfectamente con el asunto de las prácticas devocionales. El hermano dominico sintetizó la imagen que el ser humano ha tenido sobre Dios durante siglos, mostrando su volubilidad y adecuación a las necesidades de cada época. Así, partimos del Cristo Pantocrátor que asemejaba la figura de los emperadores postrimeros de la Roma clásica para llegar durante la Edad Media a la imagen más humana y sufriente de Jesús.

El arcángel San Rafael, de Juan de Valdés Leal (Palacio de Viana de Córdoba). Hacia 1654 o 1656

¿Qué tiene que ver esto con el tema anterior? Básicamente podemos decir que se trata del mismo asunto. El fervor ante determinadas devociones y advocaciones religiosas responde a un apego sentimental poco mesurable, en tanto que su esencia se nutre de la interioridad y de las vivencias propias de cada uno. Las preferencias ante una u otra opción devocional habitualmente son fruto no de una elección consciente, sino de una vocación tácita.

Pero la clave de esto, la cual cierra el debate en todo punto según creo, radica en la razón misma de las advocaciones. Parece que admitimos de manera errónea que tiene que existir cierta competencia entre ellas, lo cual se extiende a las imágenes sacras. Esto en sí es muy peligroso, pues caemos en dos creencias contrarias a nuestra fe: por un lado, el politeísmo y, por otro, la idolatría. En efecto, la defensa de una imagen y su correspondiente significado es comprensible si pretende poner de manifiesto una cualidad de Dios. En el caso de nuestro san Rafael, al rendirle honores recordamos su ayuda en tiempos de necesidad y manifestamos nuestra fidelidad al Altísimo, dándole al primero culto de «dulía» y al segundo de «latría».

En resumen, las imágenes y las devociones son exclusivamente imágenes y devociones. Esto no quiere decir que no merezcan cariño y respeto, pero tampoco es coherente otorgarles un estatus superior al suyo. Utilizando otros términos, ni san Rafael es superior a Dios ni cualquier advocación de María tiene mayor relevancia que otra. Tampoco es lícito imponer su culto. Ese error, muy común en diferentes épocas de la Iglesia, ha propiciado terribles sucesos que no se deben repetir. La fe es una propuesta, una llamada que ha de ser aceptada libremente. Del mismo modo, las devociones se yerguen como manifestaciones concretas de esa fe abrazada, y su nacimiento, así como su existencia, tienen que responder siempre a una voluntad libre y razonada.

Así, pues, las variadas denominaciones de un hecho tienen como fin mostrar las múltiples caras de su existencia, como ocurre en los poliedros. Eso no significa que haya realidades independientes, sino formas de valorar esa realidad de forma concreta dentro de una unidad. Por tanto, tan válida es una como otra, reforzando el principio de que la predominancia de una de ellas, en una época determinada, corresponde al deseo del conjunto de los creyentes. Asimismo, su duración viene determinada por estos mismos.

Volviendo a san Rafael, su devoción imperante en buena parte de la sociedad cordobesa demuestra cómo un culto se mantiene en el tiempo y cómo, en torno a él, se construyen múltiples fórmulas de celebración y convivencia. Es un ejemplo interesante que cabe la pena examinar y comprender para el enriquecimiento de nuestra fe y de la Semana Santa cordobesa, más en estos tiempos azarosos en que se impone un discernimiento riguroso de nuestra espiritualidad. Como dije en el artículo de la semana pasada, ¿cuál es la espiritualidad de las cofradías? Ahí está la clave.


De Cos, Julián (2016). «Teología Espiritual: 3. La imagen que tenemos de Dios». En Vida sobrenatural: revista de teología mística, n.o 705, 212-217.

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